“No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno”

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La mundanidad en la vida del presbítero.

Mientras releía el Proyecto Global de Pastoral 2031+2033, que los obispos de México, dejándose iluminar por la luz del Espíritu Santo, nos han ofrecido, me percaté de la seria preocupación que ellos manifiestan por sus presbíteros; la primera parte inicia reconociendo que estamos viviendo en un cambio de época, donde el principal desafío es la negación de la primacía del ser humano, por lo tanto, el enfoque de todo el proyecto es “sanar todas las relaciones básicas de la persona” (21), además, el cambio de época trae consigo transformaciones y fenómenos que exigen “acompañar de manera especial, a quienes sufren las consecuencias y estragos de estos nuevos fenómenos” (24). Me pregunté entonces, ¿quiénes son los que sufren las consecuencias y estragos de estos nuevos fenómenos?, y ¿cuáles son estos fenómenos? Siguiendo con la lectura del PGP, me di cuenta que los que sufren las consecuencias, no son solamente los fieles laicos, sino ¡también los presbíteros! El número 71 señala: “Tenemos que reconocer que los efectos de esta nueva época han llegado y dañado también la vida de los presbíteros. Fenómenos señalados como el individualismo, el hedonismo, la superficialidad y la mundanidad, se han instalado en la vida de muchos de ellos.”

Quisiera detenerme a reflexionar brevemente en uno de estos fenómenos que se ha instalado en la vida de los presbíteros: la mundanidad. Ahora bien, la mundanidad la podemos concebir en dos vertientes, una mundanidad que pudiéramos llamar “a secas” y otra que llamamos “mundanidad espiritual”.

  1. Mundanidad “a secas”.

El término mundanidad, en cuanto tal, siempre ha tenido una acepción peyorativa; sin embargo, no es correcto considerar las realidades de este mundo como algo negativo, pues, el mundo, entendido como la creación de Dios y todo lo que el hombre, a lo largo de la historia, ha logrado, son dones preciosos para la vida humana; el hombre “se encuentra sumergido en las realidades de este mundo, vive en medio de las cosas y de los seres, está unido a otras personas, despliega su actividad mediante el trabajo, el pensamiento y el amor”[1]. Entonces, cuando hablamos de mundanidad, no nos referimos a las realidades del mundo, sino más bien al amor desviado por las cosas de este mundo. Jesús mismo ha orado al Padre por “los suyos”, no para retirarlos del mundo, sino para protegerlos del maligno.

¿Cuándo podemos decir que un hombre ha caído en la mundanidad? Cuando el amor por las cosas temporales se antepone a todo, es decir, las cosas de este mundo son su razón de ser, y puesto que lo temporal se desenvuelve entre el nacimiento y la muerte, trata de exprimir lo más que puede los bienes temporales, a costa de todo, para sacarles el mayor provecho.

El presbítero, como todo cristiano, está destinado a vivir en el mundo, con todo lo que conlleva, pero también, y sobre todo, vive de las realidades divinas, “debe, pues, respirar a la vez en lo temporal y en lo eterno[2]. Pero en este cambio de época que vivimos, los valores temporales se están cerrando a sí mismos y, peor aún se están aislando de Dios y del hombre, por consiguiente, se convierten en principio inmediato y permanente de tentación. El sacerdote, pues, está tentado de manera permanente e inmediata por los valores del mundo, a ponerlos como el centro de su vida.

Es así que encontramos sacerdotes preocupados más por el dinero, el automóvil, su apariencia física, la fama, el poder, la comodidad, la moda, que por el servicio desinteresado a los demás.

¿Cómo evitar la mundanidad en los sacerdotes, tan expuestos a este riesgo? Creo que lo más importante es no dejar de “respirar” en lo eterno, profundizando en la vida espiritual y en la oración. Pero también, seguir en la formación de actitudes muy humanas tales como “la simplicidad, la sobriedad, el diálogo sereno, la autenticidad”[3], que le ayudarán a tomar un cambio de dirección. Es decir, hacer de un amor desviado un amor bien orientado[4].

Desde hace mucho tiempo, San Ignacio de Loyola, nos daba la clave en los Ejercicios Espirituales, de cómo usar las cosas del mundo, lo cual sigue siendo muy vigente y urgente en nuestro tiempo, cito el n. 23 de los Ejercicios:

“El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es creado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe privarse de ellas, cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos, de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados”.

Jesús sigue hablando a sus sacerdotes, diciéndoles: “Busquen primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se les dará por añadidura”, “¿De qué te sirve ganar todo el mundo si pierdes tu alma?” Para el sacerdote no debe haber más que un amor absoluto, el de Dios, y en consecuencia, todo lo demás será amado con un amor que armonice con el amor de Dios, amado con un amor orientado.

2. “Mundanidad espiritual”.

No solo hablamos de una mundanidad “a secas”, sino también de una “mundanidad espiritual” que suele ser muy engañosa y en la mayoría de los casos, más alarmante y dañina, porque al no percibirse a primera vista, es más difícil reconocerla y salir de ella.

Ya desde la formación inicial hemos de poner atención a ella: “los seminaristas serán acompañados para identificar y corregir la «mundanidad espiritual»: la obsesión por la apariencia, una presuntuosa seguridad doctrinal o disciplinar, el narcisismo y el autoritarismo, la pretensión de imponerse, el cultivo meramente exterior y ostentoso de la acción litúrgica, la vanagloria, el individualismo, la incapacidad de escucha de los demás y todo tipo de carrerismo”[5].

Digamos que la mundanidad “a secas” se detecta inmediatamente, y reconociendo la propia condición y dejando actuar  la gracia de Dios, se puede salir de ella; pero la “mundanidad espiritual” está relacionada con la apariencia, no se nota, parece que todo va bien; por eso, es más difícil que se reconozca la propia condición y que se deje actuar la gracia de Dios.

Está muy relacionada con el “fariseísmo”, como los sepulcros blanqueados que por fuera parecen hermosos pero por dentro están llenos de hueso y podredumbre (Mt 23, 27). Los sacerdotes podemos ser presa, sin duda, de esta mundanidad espiritual, porque nos sentimos obligados a no caer en ningún error, a no mostrar ninguna debilidad, a mantener pulcra la imagen de la Iglesia; y es así como llegamos a celebrar misas muy bien cuidadas litúrgicamente, pero en pecado mortal; a confesar cientos de personas, pero sin experimentar la misericordia del Padre por el mismo sacramento que dispensamos; a llevar una “doble vida” o “doble moral” pensando que no hay problema porque cumplo puntualmente las obligaciones institucionales.

Todo esto “puede traducirse en diversas formas de mostrarse a sí mismo en una densa vida social llena de salidas, reuniones, cenas, recepciones. (…) se despliega en un funcionalismo empresarial, cargado de estadísticas, planificaciones y evaluaciones, donde el principal beneficiario no es el Pueblo de Dios sino la Iglesia como organización.”[6]

¿Cómo salir de esta mundanidad espiritual? Ya mencionábamos arriba que hay que empezar desde la formación inicial, educando a los seminaristas para evitar las apariencias, el autoritarismo, el carrerismo, el clericalismo, etc.

El papa Francisco nos invita a evitar esta mundanidad saliendo de nosotros mismos, es decir, evitando el egocentrismo, las apariencias, entregándonos a los pobres y dejando actuar la gracia de Dios en nuestras vidas: “Quien ha caído en esta mundanidad mira de arriba y de lejos… destaca constantemente los errores ajenos y se obsesiona por la apariencia. (…) Es una tremenda corrupción con apariencia de bien. Hay que evitarla poniendo a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres. (…) Esta mundanidad asfixiante se sana tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios”.

Por último, quiero señalar, que para nosotros los presbíteros, es indispensable dejarnos ayudar por otros hermanos presbíteros. Hay muchos sacerdotes que entregan su vida calladamente, desde su “trinchera”, sin estar bajo los reflectores; ellos son un gran ejemplo y apoyo para los que caemos más fácilmente en la mundanidad espiritual; ellos están cerca de nosotros, en la parroquia vecina, en el mismo decanato. ¡No dejemos que esta mundanidad opaque la luz de Cristo que se manifiesta en nosotros para iluminar a los demás!

Cd. de México.

21 de septiembre de 2019.

En la fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista.

Pbro. Octavio Pérez Ramírez.

Secretario Ejecutivo de la CEVyM.

[1] J. Mouroux, Sentido cristiano del hombre, Palabra, Madrid 2001, 27.

[2] J. Mouroux, Sentido cristiano del hombre, 27.

[3] Congregación para el Clero, El don de la Vocación Presbiteral. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, San Pablo, México 2016. n. 42.

[4] Cfr. J. Mouroux, Sentido cristiano del hombre, 38.

[5] Congregación para el Clero, El don de la Vocación Presbiteral. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis. n. 42.

[6] Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium. 95.

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