Jornada Nacional de Oración por los Sacerdotes mexicanos

JORNADA NACIONAL DE ORACIÓN POR LOS SACERDOTES MEXICANOS

Testigos Mensajeros de Esperanza ante un nuevo comienzo…

4 al 19 de junio de 2020

Í N D I C E

PRESENTACIÓN

I. ANIMADOS EN EL ESPÍRITU Y ACOMPAÑADOS POR TODOS

A. Nuestra oración

B. Nuestra cercanía

C. Nuestra ayuda

II. SACERDOTES TESTIGOS MENSAJEROS DE ESPERANZA ANTE UN NUEVO COMIENZO

A. El sacerdote y su ministerio de esperanza.

B. ¡Construyamos lo nuevo! Desde el PGP.

C. Celebremos a Cristo con alegría ante un nuevo comienzo.

PRESENTACIÓN

Los obispos vemos con gratitud a Dios que su pueblo valora la persona y el trabajo de los presbíteros. Son muchos los testimonios de quienes lejos de los reflectores, viven de manera callada, discreta, generosa y fiel a su ministerio.

Históricamente en el caminar de nuestros pueblos los presbíteros han sido fundamentales para su progreso, muchos de ellos dejando y marcando de manera indeleble su vida en los diversos campos de la sociedad. Sin embargo, también tenemos que reconocer que los efectos de esta nueva época han llegado y dañado también la vida de muchos de ellos. Los abusos de poder, conciencia y sexual han traído dolor y tristeza a nuestra Iglesia, particularmente en las víctimas de estas conductas de algunos miembros consagrados. (Cf. PGP 70-71).

El PGP enfatiza que, uno de los desafíos más importantes del ministerio episcopal es la especial atención a nuestros presbíteros, bajo un acompañamiento y una adecuada formación presbiteral. El Decreto Christus Dominus, nos recuerda que este acompañamiento debe ser con actitud de “padre y hermano que los quiere, escucha, acoge, corrige, conforta, pide su colaboración y hace todo lo posible por su bienestar humano, espiritual, ministerial y económico” (Cf. CD 16).

La vida de los presbíteros también gira entorno al resto del Pueblo de Dios, por ello es importante que los fieles puedan encontrar sacerdotes maduros y bien formados (RF 82): fuertes, santos, pero también amados, con corazón de pastores ante una nueva realidad que estamos por iniciar. Por ello exhorto a nuestros hermanos laicos a que en la caridad cristiana, correspondan con la oración, cercanía y apoyo para con sus sacerdotes.

Teniendo presente estas consideraciones, y en el deber de animar, acompañar, ayudar y custodiar a nuestros presbíteros, la Dimensión Episcopal del Clero, ha tenido la iniciativa de realizar en comunión, sinodalidad, transversalidad y conectividad la: “JORNADA NACIONAL DE ORACIÓN POR LOS SACERDOTES MEXICANOS, que habrá de desarrollarse del 4 de junio “Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote” al 19 del mismo mes, “Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes”.

Esta “JORNADA NACIONAL DE ORACIÓN POR LOS SACERDOTES MEXICANOS”, tiene como objeto: ORAR, ACOMPAÑAR Y AYUDAR a nuestros presbíteros, con el fin de tener sacerdotes, testigos mensajeros de esperanza, ante un nuevo comienzo que nos ha marcado la pandemia del COVID -19.

El presente subsidio tiene dos apartados, en el cual han participado algunos hermanos nuestros en la elaboración de contenidos, a quienes agradezco su empeño y disposición.

Invito respetuosamente a mis hermanos obispos, a los equipos diocesanos de la Pastoral Presbiteral / Formación Permanente, a los fieles laicos insertos en los diversos movimientos eclesiales y, demás fieles a delinear creativa y participativamente iniciativas, que fortalezcan la vida y ministerio de los presbíteros en México. Y a todos los presbíteros los exhorto a estar preparados humana, espiritual y pastoralmente, para responder a esta nueva realidad.

Sumemos nuestra oración por esta especial intención, bajo la intercesión de Santa María de Guadalupe, Madre de Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios por quien se vive.

4 de junio de 2020

+ Óscar Roberto Domínguez Couttolenc, M.G.

Obispo de Ecatepec y

Responsable de la Dimensión Episcopal del Clero

 

I. ANIMADOS EN EL ESPÍRITU Y ACOMPAÑADOS POR TODOS

 

        A. NUESTRA ORACIÓN…

OREMOS POR ELLOS…PARA QUE ANIMADOS EN EL ESPÍRITU SEAN TESTIGOS Y MENSAJEROS DE LA ESPERANZA ANTE UN NUEVO COMIENZO[1].

«Están en el mundo, pero yo los he elegido del mundo” (cfr. Jn15, 19)

Desde los comienzos de la Iglesia, la comunidad ha entendido la necesidad de orar por sus pastores, sobre todo cuando atraviesan momentos de tribulación, tal es el caso que nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Pero, mientras Pedro estaba en la cárcel, la comunidad oraba fervientemente por él» (Hch 12,5).  

La tribulación mundial provocada por el covid-19, también ha tenido que ser afrontada por los sacerdotes en diferentes formas, algunos han sido contagiados y afortunadamente, aunque se han visto en estado de gravedad han salido adelante, sin embargo, otros han fallecido. El sacerdote, no siendo del mundo, está en el mundo: «Si ustedes fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no son del mundo, sino que Yo los escogí de entre el mundo» (Jn 15,19). Aunado a estas dolorosas realidades, también los sacerdotes asumen desde su condición, las consecuencias del confinamiento guardando ejemplarmente las recomendaciones sanitarias de prevención y las restricciones pastorales acostumbradas.

Hemos visto cómo muchos sacerdotes hoy más que nunca han dejado ver su capacidad creativa, optimizando todos los recursos tecnológicos y redes sociales para estar cerca de sus feligreses.

Sin embargo, esta crisis mundial, y a su vez eclesial, ha llevado a redescubrir la parte humana del sacerdote, tan vulnerable como todos los demás seres humanos, tal lo expresa la carta a los Hebreos: «Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en las cosas que a Dios se refieren, para presentar ofrendas y sacrificios por los pecados; y puede obrar con benignidad para con los ignorantes y extraviados, puesto que él mismo está sujeto a flaquezas;  y por esa causa está obligado a ofrecer sacrificios por los pecados, tanto por sí mismo como por el pueblo» (Hb 5, 1-3).

Como laicos es un derecho tener sacerdotes santos y bien formados, pero como bautizados estamos llamados en la caridad de corresponder en la oración, cercanía y apoyo, pero especialmente en este tiempo de complicación, mostrar nuestra gratitud y corresponsabilidad junto a ellos.

Su tarea es ardua pues velan sobre nuestras almas como quienes han de dar cuenta de ellos, así lo hacen todo con alegría y sin lamentarse (cfr. Hb 13, 17). Por tanto el sacerdote necesita de una fortaleza espiritual, y de nuestra oración para cargar con su propia cruz y enseñar a los demás, a sobrellevar la propia como mensajero de la esperanza.

El Papa Benedicto XVI expresa lo siguiente: «Pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio»[2].

 Sin embargo, muchos fieles quizá no tendrán la misma disposición de corresponder en oración, cercanía y ayuda para con su sacerdote, sobre todo si han sido víctimas de un anti- testimonio, maltrato o una mala experiencia vivida con los pastores de la Iglesia, a estos hermanos que han sido lastimados en su fe y sufren el abandono y escándalo de parte de sus sacerdotes, el Papa dirige las siguientes palabras: «Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de Pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes»[3].

No nos toca a nosotros mirar las debilidades y defectos de los sacerdotes, sino orar por aquellos pastores que han perdido sentido a su ministerio, que viven la frialdad de celebrar la Misa o la falta de cordialidad en el trato para con los demás. Estamos llamados a orar por el “humano sacerdote” que no es perfecto, y que la misericordia de Dios le ha consagrado y eso es un don, un regalo sagrado que Dios da a quienes Él quiere.

Oremos por ellos:

Padre bueno, por medio de tu Hijo Sumo y Eterno Sacerdote.

Te damos gracias por nuestros sacerdotes en México. Te rogamos que cuides de ellos cuyas vidas se consumen diariamente en tu santo servicio, protégelos ante los nuevos retos y desafíos de una nueva realidad.

Atiende todas sus necesidades, retorna a ti aquellos que se han alejado de tu camino, enciende de nuevo el deseo de santidad, especialmente en aquellos que han caído en la tibieza de su vocación.

Impulsados por el Espíritu Santo nos guíen con corazón de pastores, como testigos y mensajeros de esperanza ante un nuevo comienzo.

Danos sacerdotes santos y bien formados según el Corazón de Jesús.

Que Santa María de Guadalupe, los acompañe siempre. Amén.

 


      B. NUESTRA CERCANÍA… 

“YO, SACERDOTE, EN TIEMPO DE PANDEMIA[4].

A los laicos que Dios ha puesto en mi camino para compartir la vida.

El viernes 27 de marzo de 2020, por primera vez a los ojos del mundo, la plaza de San Pedro se encontraba lúgubre y vacía, cubierta además por una continua lluvia de casi tres horas. Los fieles católicos se dieron cita, a través de las pantallas digitales. Era el primer día, en la historia de la Iglesia, que ocurrían varios detalles: una plaza vaticana vacía, la bendición solemne con el Santísimo Sacramento “Urbi et orbi”, y con el modo de participación sólo a través de los medios digitales. La feligresía se dio cita, dentro de su propia casa, a este novedoso momento espiritual. En el sobrio escenario de dicho acontecimiento, se encontraban sólo dos imágenes sumamente significativas: el crucifijo de la Iglesia de San Marcelo, al que se le atribuye la sanación de la peste de Roma de 1522, y la advocación mariana del pueblo romano, la Salus Populi Romani (La salud del Pueblo Romano). La integración de ambas imágenes evoca claramente el motivo de la reunión: la salud de frente a una nueva y desconocida epidemia.

En un repentino momento, un frágil hombre vestido de blanco, atravesó solitario la plaza de esta prodigiosa Basílica. Su andar no resultaba el más estilizado, por el contrario, sus pasos evidenciaban la enfermedad, los años acumulados y la vulnerabilidad de aquel peregrino. Las pantallas no maquillaron la fortaleza física de un hombre, sino mostraron su propia fragilidad. Resultaba tan sorprendente la sobria escena que mirábamos por las pantallas, que incluso quienes llevaban la trasmisión tuvieron que callar. La escena hablaba por sí misma, cualquier intento de explicación la arruinaría. La católica población, reunida online, se manifestaba deseosa de orar y ansiosa de escuchar un mensaje de aliento y esperanza, de los labios de su líder. Sin embargo, por la escena en vivo era posible cuestionarse ¿cómo nos iba a transmitir fortaleza el peregrino tambaleante, que avanzaba por el sendero central de la plaza vaticana? Ese viernes fue, por así decirlo, el inicio de todo un desconcertante acontecimiento, la fiesta patronal de la fragilidad humana. 

Dentro de esta jornada extraordinaria de oración, el Papa Francisco rezó por la pandemia del coronavirus, que ha afectado al mundo, y pidió la bendición al Señor, le imploró que concediera la salud a los cuerpos y el consuelo a los corazones. El Sucesor de Pedro, dentro de su extraordinaria homilía, nos sumergió en la narración bíblica de san Marcos, un capítulo particularmente de angustia y desesperación.

El capítulo cuatro del Evangelio nos situó dentro de una barca sacudida por la tempestad de las olas del mar, en el atardecer del día. Todo atardecer anticipa siempre la oscuridad. Las tinieblas se adueñaron de nuestra “normalidad” de vida, convirtiendo nuestra ordinariedad en un momento de alerta y de peligro. Más aún, podríamos pensar que el acertado pasaje bíblico, tomado por el Papa Francisco, estaba en función de describirnos lo que estaba pasando; sin embargo, cada vez parece más oportuno pensar que se trataba de una discreta profecía de lo que ha venido sucediendo progresivamente. Inocentemente pensamos que se refería su mensaje a las pequeñas olas de contagio, muerte e incertidumbre del momento, sin embargo, sus palabras adquirieron cada vez más actualidad cuando las olas de contagio y muerte se agigantaron, como también crecieron nuestros miedos. Por ejemplo, recientemente, la portada del prestigioso periódico The New York Times evidenció que las muertes de los fallecidos por el COVID-19 son cercanas a 100,000, sin duda, una pérdida incalculable. Por otro lado, los terapeutas tuvimos el incremento de pacientes, en nuestros consultorios online, con sobresalientes síntomas de ansiedad, depresión, insomnio, anhedonia, soledad, adicción a la pornografía, violencia doméstica e, incluso, intentos de suicidio.

Han pasado más de dos meses de aquel inconcebible encuentro digital de oración comunitaria. Algunos de los espectadores el día de hoy ya no viven entre nosotros, otros enfermaron y otros vencieron al virus. Algunas personas perdieron a un ser querido, otras se quedaron sin trabajo, otras tuvieron la reducción de su salario y algunas no cuentan más con su bono adicional. Algunas tuvieron que salir a la calle y exponerse al contagio, porque prefirieron morir por COVID, que fallecer de hambre. Hace dos meses, al menos en México, que la mayoría de las familias no logran adecuar sus ingresos de salario al pago obligado y necesario de servicios públicos. Evidentemente, dentro de esta sintética, pero real contextualización de la crisis sanitaria, está inmerso el sacerdote. Su realidad no es ajena a la de la humanidad. En distintas partes del mundo, centenares de clérigos y obispos también han muerto, otros han enfermado y algunos otros han perdido a un ser querido del cual no han podido despedirse. En distintas realidades diocesanas, también encontramos a clérigos padeciendo los mismos síntomas psicológicos, emocionales y de duelo como cualquier persona.

Hace al menos más de dos meses que nuestra feligresía no frecuenta la parroquia y, por lo tanto, no tiene contacto con el sacerdote. Esta realidad de confinamiento ha puesto al consagrado el reto de vivir el aislamiento y la soledad. Las casas parroquiales, en algunos lugares, sólo estaban adecuadas para su descanso nocturno, no para tener al párroco confinado allí la jornada entera. En otras parroquias quizá no habían coincidido tanto tiempo dentro del curato el párroco con su vicario. Sin embargo, en este tiempo han tenido que convivir y dialogar, incluso hasta discutir, quizá más de lo habitual.

La pandemia ha puesto en crisis de identidad también al clérigo, obligándolo a cuestionarse ¿Quién soy yo en este espacio de confinamiento? ¿Qué queda de mí cuando la feligresía se ha ido? ¿Qué tan acostumbrado estoy a estar conmigo cuando no tengo gente a mi lado? Este tipo de interrogantes nos permiten caer en la cuenta de lo acostumbrados que podemos estar en construir nuestra aparente identidad por el éxito pastoral, por el número de gente que asiste a nuestras parroquias y por las incontables actividades que se desarrollan en nuestras circunscripciones pastorales.

En esta época de confinamiento pareciera que hemos recibido un nuevo nombramiento pastoral, una nueva parroquia digital, con todas las demandas ministeriales habituales, pero además, con el enorme desafío de digitalizar nuestra pastoral. La única manera de confinar verdaderamente nuestro ministerio sería con la negación de la actualización de nuestro ejercicio sacerdotal en modo virtual. Esta práctica inusual ha impulsado a la Iglesia a realizar repentinamente una conversión virtual, que quizá no dimensionábamos tan urgente o necesaria. Cabe resaltar que la población total de clérigos, al día de hoy, somos migrantes digitales. Ninguno de nosotros nació con el password integrado, ni creció con una iPad en la mano. No todos contamos con una elemental educación virtual. Por decirlo de una manera, la realidad virtual ha sido el examen más complejo de teología pastoral que como sacerdotes hemos tenido que presentar frente a nuestros examinadores laicos.

En nuestros servicios ministeriales, a través de los medios digitales, se han evidenciado nuestras indigencias. Aunque algunos fieles, por el cariño que nos tienen, sostengan que la Iglesia se ha hecho cercana a través de los diversos medios digitales, no estaría mal aceptar con humildad que la realidad virtual todavía es una tierra por conquistar. Esta temporada de confinamiento ha urgido más entre nosotros una formación permanentemente digital, que nos haga suficientemente capaces de poder entrar en diálogo con la feligresía de la Iglesia virtual. En síntesis, la pandemia nos ha enseñado que nuestro servicio pastoral no sólo tiene un límite territorial, somos también pastores de las ovejas que se encuentran en el redil digital.

Por último, quisiera mencionar al menos otras dos crisis sobresalientes en el sacerdote, durante esta época pandémica, me refiero a la crisis emocional y a la crisis de duelo y separación. La primera evoca todas aquellas realidades psicológicas presentes en cada sacerdote, y que tienen una repercusión en su realidad intrapsíquica (¿Quién soy yo para mí?). Aunque habitualmente el sacerdote mantenga un ritmo de vida en el que sea posible rosar con la soledad, nuestra vocación, particularmente diocesana, se entiende con y sólo con el pueblo.

No hay vocación ministerial diocesana sin la continua interacción humano-pastoral con los fieles. Y, aunque la belleza de nuestra vocación exija ese permanente trato, nuestra lastimosa realidad presupone la frustración de ceder al vínculo, por el bienestar de aquellos que amamos y servimos. El confinamiento resulta, pues, un espacio y un tiempo de mantenimiento para cualquier sacerdote. Es, sin duda, una oportunidad para profundizar, para crear y re-crear, para soñar, incluso, para realizar aquello que, por cuestiones de tiempo, nos resulta imposible. Sin embargo, cuando la realidad intrapsíquica se encuentra “averiada”, resulta probable que las fallas emocionales se evidencien o se acrecienten. Ante esta posible amenaza, no es extraña la resistencia al confinamiento por parte de algunos colegas, lo cual, también, pudiera ayudarnos a pensar si la urgencia de su servicio presencial es una cuestión verdaderamente pastoral o, simplemente, una resistencia psicológica. Las resistencias evidencian síntomas de omnipotencia, fideísmo, negación, narcisismo, sentirnos indispensables, acting out, entre otras. 

Por otro lado, una tercera y última crisis, además de la pastoral y emocional, es la del duelo. Ningún sacerdote, como ningún ser humano, pudimos anticipar lo que ocurriría dentro de esta pandemia y su necesario confinamiento. Ninguno de nosotros pudo dar conscientemente el gesto de afecto y sentir el último abrazo de parte de nuestra feligresía. En la mayoría de los casos no pudimos decir adiós. El tema del duelo en el sacerdote no resulta una crisis novedosa, pero sí una problemática poco atendida.

En un estudio realizado sobre el ingreso a algunas casas de acompañamiento y rehabilitación sacerdotal, sorprendió el relevante dato del motivo latente de los clérigos que se encontraban recluidos en las mismas: el duelo. Aunque el motivo manifiesto fue la infidelidad, el alcohol, las crisis emocionales o alguna otra circunstancia, de manera latente y discreta, el protagonismo lo tuvo el duelo. Nuestra formación sacerdotal no ha incluido el duelo, no hemos sido formados “para perder”. En la mayoría de los casos clínicos, nuestros síntomas omnipotentes, ansiosos, depresivos o narcisistas lo evidencian. La pandemia, como a cualquier ser humano, nos ha permitido experimentar la fragilidad e, incluso, a veces la impotencia.

En este tiempo, sin duda, todos hemos perdido. El duelo es una sensación que no podría resultar ajena a ninguno. Hemos perdido la “normalidad”; instantáneamente perdimos contacto humano con nuestros fieles; se cancelaron todos nuestros compromisos agendados y otros se trasladaron de manera virtual; perdimos un ritmo ordinario de vida y obtuvimos, quizá con temor, una agenda cibernética; perdimos personas, rutinas, oportunidades, ingresos económicos, algunos, incluso, han perdido el hambre, el sueño y el deseo de servir en esta nueva modalidad.

He querido compartir sobre estos tres factores de crisis, en la jornada de oración por los sacerdotes, porque quizá no logramos dimensionar la diversidad de manifestaciones y crisis que se pueden presentar en cada uno de nosotros. Estos tres factores anteriormente mencionados no resultan los únicos ni, quizá los principales, pero sí los más comunes. Distintos temores nos visitan a nuestras casas parroquiales, distintas ideas o falsas creencias construimos en nuestro pensamiento, sin embargo, aunque la dolorosa experiencia histórica sea la misma, cada uno la enfrenta desde su propia estructura mental y con sus propios recursos humanos y fuerzas. Soy un sacerdote en época de COVID.

 La pandemia ha desenmascarado mi vulnerabilidad y ha dejado al descubierto mis falsas y superfluas seguridades con las cuales había construido mi agenda, mi proyecto y mis rutinas pastorales. En aquella barca, sacudida por la tempestad, como señaló el Papa Francisco, no sólo estaba yo, también la feligresía y mi presbiterio. Soy también el discípulo que experimenta el miedo, después de tanto oleaje que genera desconcierto, de tanta saturada información, que recibo diariamente a través de mis redes sociales. Soy un discípulo que no olvida su humanidad. Soy un hombre que es consciente de que algunas soluciones vienen de Dios, como otras del esfuerzo humano. Aunque el miedo al día de hoy no disminuye, mantengo la esperanza de volver al encuentro con mis fieles, con aquellos que me recuerdan que soy un humano sacerdote.

En el corazón de muchos sacerdotes está presente el deseo de volver a abrir las puertas del templo parroquial, de sonar estrepitosamente las campanas, que anuncien que el banquete está servido, que Jesús nos espera en su altar. Me encantaría decirles a mis fieles que no cambiaría la cámara por mirar sus rostros de frente; que no cambiaría un “like” por su firme “amén”. No cambiaría mis coros parroquiales, por más desafinados que estén, por el artista católico de Spotify.

Hermanos queridos, la esperanza de volver a verlos me permite esforzarme por trabajar en mis debilidades y en mis miedos. Desearía que el confinamiento no sólo quede en nuestra memoria como el momento en que dejamos de asistir presencialmente a la Iglesia, sino como un momento privilegiado de conversión. En el tiempo de pandemia, la Iglesia no sólo cerró los templos, sino que se abrió en plenitud la Iglesia doméstica. Los altares se multiplicaron, Dios se hizo presente en cada mesa de hogar donde la comunidad-familia estaba presente, el Espíritu Santo efectuaba la “epíclesis” en cada gesto de amor y de cuidado que se llevaba en el hogar.

Esta Semana Santa 2020 todos los creyentes nos fuimos de misión: realizamos los solemnes ritos del Triduo lavando los pies de nuestras familias, reflexionando nuestro camino propio de cruz y manteniendo la esperanza de volver, juntos como familia, a la vida. Tuvimos la oportunidad de mover las piedras de comunicación, que “ensepulcraban” nuestro diálogo y muestras de cariño. Vivimos una verdadera pascua. Un camino iniciado por la desilusión, la pesadez, la añoranza por el pasado, por aquellas “cebollas de Egipto” y, poco a poco, seguimos avanzando con la certeza de que este doloroso camino también convertirá mucho de nosotros o, al menos, nos hará ver la vida de diferente manera.

Queridos hermanos laicos, gracias por todo el amor hacia nosotros como sacerdotes, por su cercanía y preocupación. Gracias por su oración, así como por todas las muestras de afecto y detalles significativos en este momento tan difícil. En cada comunión estuvieron presentes. Me imagino cuánto anhelan volver a comulgar. Por último, aunque seguimos tolerando el ritmo violento de las olas y no hemos llegado aún a tierra, mantengamos la esperanza de volver a estar juntos en comunidad. Su parroquia y su servidor los esperan…


       C. NUESTRA AYUDA… 

“YO SOY EL BUEN PASTOR; Y CONOZCO MIS OVEJAS Y LAS MÍAS ME CONOCEN A MÍ” (JN 10, 14)[5].

Los tiempos, acontecimientos y eventualidades inesperados como el COVID 19 nos sorprenden de manera estrepitosa y significativa en un “abrir y cerrar de ojos” y nos cambian la vida y el modo de vivirla, y al mismo tiempo, para nosotros presbíteros, pone al descubierto la calidad de pastores que somos y el modo de realizar nuestras labores pastorales en referencia con nuestro pueblo, hermanos nuestros por el bautismo. Se pone en evidencia lo fuerte o lo débil de los cimientos en los que se fundamenta nuestra vida. Los efectos variados y desestabilizantes de esta pandemia me hacen pensar, en cierta manera, en las contrariedades que azotan “la casa” del hombre creyente: «Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca» (Mt 7, 25).

Las consecuencias del aislamiento, la suspensión de actividades consideradas no esenciales, la indicación de evitar reuniones que supusieran posibles contagios (dentro de ellas las celebraciones con pueblo de la Eucaristía), las carencias económicas y de alimentos estimularon a muchos sacerdotes a ser creativos, a buscar maneras de estar con sus ovejas, a no dejar de ser pastores. Precisamente porque conocen a sus ovejas, no las dejaron a la deriva ni al “abandono momentáneo”, más aún, idearon formas, modos de seguir atendiéndolas no sólo en lo litúrgico (con el valioso apoyo del internet, las redes sociales y otras tecnologías) sino también en la implementación de la caridad con modos concretos y en casos específicos. Esto permitió que sus ovejas (los parroquianos y otras ovejas que no son del redil) conocieran la voz de su pastor, lo vieran caminar por sus calles haciéndose presente de un modo u otros sin dejar de cuidar los protocolos sanitarios).

Las ovejas siguen a su pastor porque él las conoce y está con ellas. Para el pastor que no dejó a sus ovejas, sino que creativamente se mantuvo con ellas, seguramente sus ovejas tampoco lo abandonaron pues al conocerlo, lo cuidaron, estuvieron al pendiente de él y lo apoyaron en sus iniciativas pastorales. La experiencia nos demuestra que una comunidad que quiere a su sacerdote, porque él se da a ella, nunca le falta lo esencial para vivir. 

Pero al sacerdote que entró en “modo avión”, en unas vacaciones prolongadas ausentándose afectiva y físicamente de sus ovejas, incluso del territorio parroquial, y no sólo por los efectos de la pandemia, sino quizá por otros factores y ya desde hace tiempo, difícilmente vivió o vivirá la cercanía y apoyo de su pueblo en cuestiones económicas, materiales, afectivas y pastorales; y no por el abandono de sus ovejas, sino por el abandono que él mismo venía sosteniendo y construyendo con sus ovejas. Será pues un atrevimiento pedir a las ovejas que atiendan la voz del pastor y a sus necesidades si él las abandonó, descuidó en momentos de desolación, desamparo y necesidad. Lo que se pida tendrá que ser, no argumentado en una necesidad o por mérito alguno, sino por la misericordia de Dios.

              Dios conceda al sacerdote que abandonó a su rebaño a las inclemencias de la pandemia, reconocimiento de sus descuidos y una conversión pastoral en su ser y hacer. Que nunca nos falte el pueblo de Dios.

 NUESTRA MIRADA EN LA PARROQUIA, ANTE UN NUEVO COMIENZO[6].

La parroquia presenta el modelo clarísimo del apostolado comunitario y de comunión fraterna con sus sacerdotes.  Los laicos guiados por el Espíritu Santo están en la posibilidad de solidarizarse porque es Él quien impulsa y sostiene a su Iglesia y actúa en el corazón de los fieles y los mueve y despierta a la corresponsabilidad con alegría y generosidad

En una parroquia renovada, los fieles no solo dan sino que reciben de su pastor, que en primer lugar habrá de tener una profunda experiencia de Cristo vivo: «Este tipo de parroquia renovada supone la figura de un pastor […] con espíritu misional, corazón paterno, que sea animador de la vida espiritual y evangelizador capaz de promover la participación. La parroquia renovada requiere la cooperación de los laicos, un animador de la acción pastoral y la capacidad de pastor para trabajar con todos»[7].

La parroquia es de entre las comunidades eclesiales, donde viven y se forman los discípulos misioneros de Jesús. Ellas son células vivas de la Iglesia y el lugar privilegiado en el que la mayoría de los fieles tienen una experiencia concreta de Cristo y la comunión eclesial junto a sus sacerdotes, están llamadas a ser casas y escuelas de comunión[8].

La parroquia vive y está trabajando a través de estar profundamente insertada en la sociedad humana, reduciendo a la unidad todas las diversidades humanas que en ella se encuentran e insertándolas en la Iglesia Universal. Los laicos están llamados a cooperar en la parroquia, a presentar a la comunidad de la Iglesia los problemas propios y los del mundo, los asuntos concernientes a la salvación humana, para examinarlos y solucionarlos por medio de una discusión racional; y ayudar según sus fuerzas a toda empresa apostólica y misionera de su propia familia eclesial[9].

Quizá resultaría muy enriquecedor que al término del confinamiento, salvaguardando las medidas de prevención, convoquemos creativa y participativamente un domingo como “DIA DE LA PARROQUIA”, que tenga como objetivo re-centrar la mirada de los fieles en su parroquia, fomentar la comunión fraterna, comunitaria, cercana y cálida, pues la parroquia es el primer lugar de encuentro con Cristo.

 

II. SACERDOTES TESTIGOS Y MENSAJEROS DE LA ESPERANZA ANTE UN NUEVO COMIENZO

 

      A. EL SACERDOTE Y SU MINISTERIO DE ESPERANZA.

EL SACERDOTE Y SU MINISTERIO DE ESPERANZA[10].

«El sacerdote testigo y mensajero de una esperanza probada»

INTRODUCCIÓN

Hablar del sacerdote como mensajero de esperanza, es hablar de un aspecto del ministerio en el que pocas veces profundizamos, ya que preferimos hablar del aspecto pastoral-sacramental. Sin embargo, ante la situación que estamos viviendo por la pandemia creada por el coronavirus que produce la enfermedad del Covid 19, es necesario profundizar sobre el sacerdote y su ministerio de esperanza.

El título original ha sido cambiado, de: ‘El sacerdote mensajero de esperanza’, por el de ‘sacerdote y su ministerio de esperanza’. La idea parte de que antes de dar mensajes de esperanza, el sacerdote ante todo tiene que ser un testigo de la esperanza, es decir que al ejercer este ministerio debe partir de su propia vivencia de la esperanza como virtud teologal.

Teniendo en cuenta lo anterior, la reflexión tiene tres partes: primero que el sacerdote se examine así mismo como vive la esperanza; en seguida meditar sobre algunos puntos generales que identifican a un ministro de la esperanza, y al final contemplar algunas pautas para transmitir la esperanza.

  1. EL SACERDOTE EXAMINA SU ESPERANZA AL CONTEMPLAR LA REALIDAD.

La primera pregunta es para mi persona, ¿Cómo está mi esperanza? Un parámetro para responder es contemplar la realidad y preguntarse ¿Cómo veo la realidad en mi persona?  A modo de ejercicio se presenta un esbozo del apartado: «Una mirada a las heridas y esperanzas de nuestro pueblo mexicano», del Proyecto Global de Pastoral de la CEM; así como algunas ideas del Papa Francisco acerca del momento que estamos viviendo por la pandemia. Al final se encuentran unas sencillas preguntas con el fin de examinar la esperanza personal. 

Al mirar las heridas y esperanzas de nuestro pueblo, se encuentran logros y sueños fallidos, uno de estos es la desigualdad; por el contrario, la familia sigue siendo baluarte de valores, pero enfrenta no pocos peligros. Una gran herida es la violencia generada por grupos delincuenciales. Los jóvenes, rostro de México, se perciben frágiles por lo que son víctimas de varios males. Gran preocupación genera el intento de quitarle a los padres de familia la educación de sus hijos; así como la situación de la mujer, quien es gran protagonista de la sociedad, pero también blanco de personas sin escrúpulos. México tiene en los pueblos originarios una bendición, pero éstos al mismo tiempo sufren acciones discriminatorias en varios sentidos.

La participación ciudadana es creciente pero no siempre responde a los retos que impone la democracia, entre otros factores por la corrupción e impunidad a los que al parecer nos acostumbramos. Mirando a la salud pública, la encontramos muy parcial e incompleta. Por último, otra de las grandes preocupaciones que tenemos como Iglesia son los esfuerzos por imponer el aborto y las ideologías que atentan contra la familia de acuerdo con el plan de Dios[11].

Respecto a la situación producida por el coronavirus, reflexionamos con el papa Francisco: «Mirando hacia adelante, leamos los signos que el COVID-19 ha mostrado claramente. No olvidemos cuán profundamente nos ha empobrecido la pérdida del contacto humano durante este tiempo en el que hemos estado separados de los vecinos, los amigos, los compañeros de trabajo y, sobre todo, de la familia, sin olvidar la absoluta crueldad de no poder acompañar a los moribundos en sus últimos instantes y llorarlos luego adecuadamente. En el futuro, no demos por descontado el estar juntos, sino redescubramos y busquemos medios para fortalecer esta posibilidad. Desafiar y cambiar las industrias actuales, reconocer el trabajo informal y reforzar el trabajo sanitario son cuestiones que están ahora en la agenda pública. Espero que los gobiernos comprendan que los paradigmas tecnocráticos (sean estadocéntricos, sean mercadocéntricos) no son suficientes para abordar esta crisis ni los otros grandes problemas de la humanidad. Ahora más que nunca, son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar, compartir»[12].

Por lo breve de esta reflexión, no se incluye la realidad de la misma Iglesia, pero es importante tenerla en cuenta, desde la situación del lugar de ministerio, diócesis, parroquia, o servicio especial.

Ahora teniendo presente estas realidades, me pregunto ¿Cómo me veo en ellas? ¿Con miedo?, ¿Con nerviosismo?, ¿Con indiferencia?, o quizá ¿de otro modo? ¿Cuál es el balance que puedo hacer de mi esperanza?

El papa Francisco nos dijo que estamos en la misma barca; sin embargo, en un escrito posterior alguien reflexionaba que no todos estamos en la misma barca; aludiendo a aquellos que con más recursos han podido ver la cuarentena como vacaciones, mientras que otros carecen de lo necesario. Y aplicando esto los sacerdotes, quizá no todos estén pasando por las mismas necesidades del pueblo ya sea porque ellos mismos ven por nosotros, o porque se tienen suficientes recursos para ir pasando esta circunstancia, pero otros quizá estén en situaciones dramáticas por distintas situaciones. ¿En qué circunstancia me encuentro?

        2. SACERDOTE CON ESPERANZA PROBADA.

Inmerso en una Iglesia que sigue fiel al mensaje de Cristo que nos impulsa a vivir con esperanza probada: «Ánimo, yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33); el sacerdote ha de ser consciente cada vez más que desde su ministerio pastoral asume en carne propia estas palabras de la Gaudium et Spes1: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo»[13]. Asumiendo esto el sacerdote, ha de saber escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas[14].  Y por ello se confirma la necesidad de conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza.

Junto a esta característica del conocimiento con discernimiento y unidos estrechamente desde el corazón a los que viven estas realidades, el papa Benedicto nos da una clave para que impulsemos una esperanza dinámica: «En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo “informativo”, sino “performativo”. Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva»[15].   

Y de un modo más explícito nos invita a reflexionar: “El Señor es mi pastor, nada me falta… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo…” (Sal 22,1-4). De aquí se deduce quien es el verdadero pastor lleno de esperanza: es aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; aquel que incluso camina por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: “Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su “vara y su cayado me sosiega”, de modo que “nada temo”, esta era la nueva “esperanza” que brotaba en la vida de los creyentes”[16].

Iluminado por textos como estos, el sacerdote partiendo de su propia experiencia, de ser él mismo salvado en la esperanza, será capaz de vivir lo que dice san Pedro, exhortando a los cristianos a estar siempre prontos para dar una respuesta sobre el logos –el sentido y la razón– de su esperanza (Cf. 1 Pe 3,15).

      3. MINISTERIO DE LA ESPERANZA

Dentro de muchas opciones se proponen dos sencillas pero comprometedoras estrategias para ejercer el Ministerio de la Esperanza.

  1. Hacer el propio bagaje doctrinal para afianzar mi ser y mi Ministerio de Esperanza, para ello tomarme el tiempo para estudiar de manera completa los tres documentos arriba citados: El Proyecto Global de Pastoral de la CEM 203- 2033 (PGP); La constitución “Gaudiúm et Spes”; y “Spes Salvi”, entre otros.
  2. Conocer para contar historias con un fuerte mensaje de esperanza, como lo ha hecho el Papa Benedicto XVI en su encíclica “Spes Salvi”, con la historia de Santa Bakita.

REFLEXIÓN FINAL.

En los años 70s se estrenó una película llamada: “Cuando el destino nos alcance” que presenta una visión de lo que sería el mundo en el 2022, independientemente de su contenido, el título es muy sugestivo; quien vio la película en aquellos años, pudo tener la sensación de faltaba mucho tiempo para que llegara esa fecha y por lo tanto no habría que preocuparse. Pero ahora con lo que estamos viviendo podemos decir que hemos sido alcanzado por el destino según el mundo; y la gran preocupación es cuándo llegará “la nueva normalidad”, pero… ¿de acuerdo con el mundo?; Nosotros como pastores del pueblo de Dios, tenemos que arrebatarle la última palabra a este mundo para generar la esperanza firme en el verdadero destino a alcanzar que es el Reino de los Cielos.

Recordando el discurso de despedida de Jesús, renovemos nuestra esperanza cristiana. Como pastores del pueblo de Dios debemos ser, sobre todo por nuestro testimonio, un eco fuerte de las palabras de Jesús: “No se turben. Crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; los llevaré conmigo, para que donde yo estoy estén también ustedes” (cfr. Jn14,1-3).


         B. ¡CONSTRUYAMOS LO NUEVO! DESDE EL PGP.

¡CONSTRUYAMOS LO NUEVO! APORTE PASTORAL PARA LOS SACERDOTES EN TIEMPOS DEL COVID-19 DESDE EL PROYECTO GLOBAL DE PASTORAL 2031+2033 DE LOS OBISPOS EN MÉXICO[17].

 “Orar sin cansancio, caminar siempre y compartir con el corazón significa vivir la vida sacerdotal mirando en alto y pensando en grande”. Papa Francisco.

INTRODUCCIÓN

Escribo “desde la casa parroquial”, esperando y deseando de todo corazón que todos ustedes, hermanos sacerdotes, se encuentren bien.

A solicitud de la Dimensión Episcopal del Clero, en el marco de la Jornada Nacional de Oración por los sacerdotes, les comparto este aporte pastoral en tiempos del COVID-19, trayendo a la mente y al corazón la propuesta que los obispos en México hacen en su Proyecto Global de Pastoral (PGP) 2031+2033. Es una reflexión en la que no pretendo descubrir el hilo negro, sino más bien compartir fraternalmente algunos aspectos pastorales, siendo consciente de que el Reino que promovemos y en el que nos inspiramos: «No sólo está más allá de nuestros esfuerzos, sino incluso más allá de nuestra visión, pues durante nuestra vida sólo realizamos una minúscula parte de esa magnífica empresa que es la obra de Dios»[18].

Le pido al Señor la luz necesaria para iluminar nuestro camino y la gracia para caminarlo con caridad pastoral y fraternidad sacerdotal. «Hoy al igual que el joven David, queremos acercarnos a este gran gigante que parece que nos oprime… En Dios está nuestra fuerza y nuestra seguridad. Estamos seguros de que no son principalmente las nuevas tecnologías, ni la eficiencia de nuestros trabajos pastorales y tampoco la perfección de las metodologías las que van a sacarnos adelante, sino que nuestra confianza en Jesucristo Redentor y la ternura maternal de Santa María de Guadalupe, son las que pueden abrirnos las puertas de la esperanza»[19].

MIRANDO LA REALIDAD CON OJOS Y CORAZÓN DE PASTORES

La pandemia es una experiencia “des-estructurante” que estamos viviendo de manera muy diferenciada y segmentada en nuestro país. Sus consecuencias son y serán visibles en todos los aspectos de la vida de las personas y en todos los sectores de la sociedad, ante un cambio de época que tomó fuerza propia. Esa es la naturaleza de las emergencias: aceleran los procesos históricos, exigen decisiones rápidas que en tiempos normales llevaría años tomar; ofrecen tecnologías incipientes o incluso peligrosas que se introducen a toda prisa en la vida diaria de todos, ya que son mayores los riesgos de no hacer nada que de seguir su inercia.

Pastoralmente nos ha exigido acelerar nuestro discernimiento, haciendo caso a intuiciones en medio de mucha información, datos, estadísticas, reflexiones, artículos, mensajes, noticias, protocolos y demás. No sabemos qué tan largo es el camino que recorreremos y a veces no sabemos si vamos bien o no. Vivimos una situación de incertidumbre semejante a la de Job y, como muchos en el mundo, quizá también nosotros clamamos al cielo diciendo: “Mis días y mis planes se diluyen, los deseos de mi corazón se deshacen” (Job 17, 11).

Es un tiempo más de preguntas que de respuestas y «trae consigo cambios que, incluso nosotros, no alcanzamos aún a comprender, por lo que se nos dificulta tener una respuesta adecuada y pronta ante la profundidad y rapidez con la que están sucediendo»[20].Como sacerdotes, miramos además el sufrimiento y el dolor, la necesidad de consuelo, el hambre, las dudas, los conflictos, la pobreza, la enfermedad, la violencia, la muerte y otras tantas heridas del pueblo mexicano. La pandemia ha puesto aún más de manifiesto lo que nuestros obispos muestran en su Proyecto y que constituye el gran desafío que tenemos: «¡la negación de la primacía del ser humano!, es decir, una profunda crisis antropológico-cultural»[21] por lo que urge reorientarnos pastoralmente en nuestra propuesta rural y urbana.

Corremos el riesgo también nosotros de caer en la tentación de dejarnos arrastrar y no guiar, o de quejarnos continuamente, de compararnos con los demás, de endurecer el corazón y cerrarlo al Señor; del individualismo y de caminar sin rumbo, quedándonos instalados o sin metas, en un contexto en el que «no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados»[22]

Aún y con todo esto, son muchas las historias y testimonios de gestos cotidianos de compasión y de solidaridad sacerdotal que en lo oculto de nuestras comunidades rurales y urbanas se realizan en favor de las familias y de tantas personas. Todos ellos son signos de Redención y alientan la esperanza.

CON LA LUZ DEL SEÑOR Y LA MIRADA AMOROSA DE SANTA MARÍA DE GUADALUPE

Providencialmente en mayo de 2018, los obispos mexicanos nos han regalado el Proyecto Global de Pastoral. La pandemia encuentra a la Iglesia en México con un rumbo definido hacia 2031+2033 para celebrar 2000 años de nuestra Redención y 500 años del Acontecimiento Guadalupano, perfilando así el sueño de Jesús de ser Uno (cfr. Jn 17, 21) y en camino de seguir haciendo de nuestro país, una casita sagrada como «signo de unidad, espíritu de familiaridad… un lugar donde nadie se siente extraño, de encuentro, convivencia y cercanía con los seres queridos, donde se comparten las experiencias de la vida»[23].

Con el PGP, los obispos nos invitan a «sanar todas las relaciones básicas de la persona»[24] entendiendo el momento actual como la oportunidad para anunciar a Jesucristo Redentor con nuestro testimonio «desde el compromiso por el sufrimiento del otro, en la compasión y en la solidaridad… de lo contrario, la Redención será un concepto teórico que a nadie dice nada en la vida»[25]. Hermanos sacerdotes, ante los retos que nos presenta la pandemia, la Redención nos renueva, nos reconcilia, reorienta nuestras opciones más importantes y reconstruye nuestras relaciones rotas.

Sigamos entusiasmados ante el llamado que Dios nos ha hecho y pongamos nuestra confianza en María de Guadalupe, Nuestra Madre, «quien puede conducirnos a la serenidad necesaria para hacer un sano ejercicio de escucha del sentir del pueblo, de autocrítica, de trabajo en común, de agradecimiento, de festejo y desde luego de arrepentimiento, así como de nuevas propuestas y compromisos»[26].

¡CONSTRUYAMOS LO NUEVO!

Acojamos dócilmente el fuego del Espíritu que nos mueve a dar cauce a nuevos ideales y sueños pastorales, generando esperanza y asumiendo compromisos urgentes y responsables, concretizados en opciones pastorales firmes y valientes «mediante un ejercicio pastoral más sinodal, es decir, más sinérgico, transversal, subsidiario y gradual»[27] dando testimonio de comunión haciendo más efectiva la misión encomendada con «inteligencia espiritual de la pastoral»[28].

Hoy más que nunca estamos llamados a ser una Iglesia Pueblo, misionera y evangelizadora que, como Madre compasiva y testigo de la Redención, siga construyendo y anunciando la dignidad humana, comprometida con la paz y las causas sociales, compartiendo con los adolescentes y jóvenes, la tarea de hacer un país lleno de esperanza, alegría y vida plena[29]. Como sacerdotes, peregrinos en esta tierra mexicana que amamos y a la que servimos, presentemos la novedad del Evangelio en todo lo que hagamos, de manera humilde, propositiva, alegre, respetuosa, dialogante, incluyente, a la vez que valiente y profética, para que con su fuerza transforme el corazón de nuestra patria y podamos colaborar en la reconstrucción del tejido social y podamos tener las condiciones necesarias para vivir con dignidad sin ninguna clase de exclusión.

Que las palabras que Nuestra Señora de Guadalupe dirige a San Juan Diego, resuenen en nuestro corazón sacerdotal y en el de todo México: “Que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad… ¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”.


     C. CELEBREMOS A CRISTO, CON ALEGRIA, ANTE UN NUEVO COMIENZO

LINEAMIENTOS EN MATERIA LITÚRGICA PARA LA REAPERTURA AL CULTO RELIGIOSO[30].

 «La “normalidad” ha cambiado su rostro y ahí estamos llamados a encontrar a Cristo y a celebrarlo con alegría» (cf. Sal 99).

Partiendo de los “Lineamientos generales para la reapertura” emitidos por la CEM el pasado 15 de mayo, descendemos simplemente a particulares muy específicos en materia litúrgica, a fin de ofrecer un apoyo que permita revisar cuanto convenga para que la celebración exprese, por un lado, la grandeza del misterio celebrado y, al mismo tiempo, la caridad pastoral en materia de contingencia sanitaria.

Preliminares

La “normalidad” ha cambiado su rostro

Así como en otros momentos en los que la humanidad ha atravesado por duras pruebas y momentos, se aprende de la realidad y se toman precauciones pertinentes que permiten evitar situaciones de riesgo y cuidar la vida, la integridad, la salud, etc. Nos encontramos frente a una realidad que dejará huella en esta generación y servirá para que las futuras tomen providencias al respecto. Esto, sin embargo, no conviene verlo de manera fatalista: hay que aprender a superar las dificultades y presentarles una actitud optimista pese a la problemática en la que nos hemos visto inmersos. Por esto que la “normalidad” ha cambiado su rostro y ahí estamos llamados a encontrar a Cristo y a celebrarlo con alegría (cf. Sal 99).

Los cuidados son signos de amor, respeto y delicadeza

En el ámbito de la celebración litúrgica, así como en el ámbito de la pastoral en general, el cuidado que se pueda tener en la celebración del misterio es una expresión de amor profundo y se traduce en respeto, delicadeza, alegría, etc. La celebración litúrgica es como una continua sinfonía donde todo se acompasa, se prepara, se acompaña, se prevé. Es como una armoniosa danza en la que los varios elementos giran en torno al misterio pascual, en torno a Cristo y se difunde en su cuerpo místico. Esta clave de lectura le da al celebrante y a todo bautizado la dimensión más apta para celebrar contemplando a Cristo en el medio del “ensamble” celebrativo. Por esta razón que los elementos que hemos de preparar y cuidar no son la finalidad sino una parte del todo. No nos preocupamos inapropiadamente, sino que conducimos todo hacia un mismo objetivo: la actualización de la salvación operada por Cristo. Es aquí donde reside la importancia del obispo, que como “liturgo”, coordina y anima la vida de la comunidad diocesana apoyado por los presbíteros que colaboran en el “munus sanctificandi” de una manera peculiar y extensiva del ministerio episcopal.

Cuestiones prácticas

Lavado de manos y cuidado del espacio litúrgico

Lavarse las manos como ya sabemos es una práctica que no puede soslayarse, y tener limpio el espacio celebrativo es una norma fundamental de vida y, hoy, de caridad pastoral.

Gotas de fluido producidas al hablar

El habla produce miles de gotas de fluido oral por segundo y éstas pueden albergar patógenos respiratorios como el virus del COVID-19. Según un nuevo estudio, un minuto de habla en voz alta general al menos 1000 núcleos de gotas que contienen viriones (partícula vírica morfológicamente completa con capacidad de infectar) que permanecen en el aire de 8 a 14 minutos en espacios cerrados, por lo tanto, estas podrían ser inhaladas por otras personas y desencadenar en ellos una nueva infección por SARS-CoV-2.

Asamblea

A este respecto conviene hacer acopio de toda la información pertinente para “cuidar” con caridad pastoral a los fieles que se acercarán hambrientos del “pan de vida” luego de este confinamiento. Añadiendo algún dato a lo ya planteado se sugiere recibir a los fieles con cariño y con delicadeza al suplicarles que empleen el cubrebocas y reciban el gel antibacterial. Dado que la “Nueva Normalidad” implicará ciertas medidas que puedan resultar incómodas en cuanto a las costumbres de cada uno, conviene actuar con prudencia al dar las indicaciones sanitarias que ahora son parte del regreso a la actividad pastoral.

Limpieza

La limpieza del recinto sagrado requiere una especial atención. Habrá que cuidar que las diferentes superficies que estarán en contacto con la asamblea deban mantenerse en condiciones de la máxima higiene, es decir, bancas, barandales, confesionarios, puertas, etc., deberán mantenerse en óptimas condiciones empleando aquellas sustancias recomendadas por las autoridades sanitarias siempre que no afecten los materiales, sobretodo cuando se trate de las piezas de valor artístico e histórico. Aquí me refiero al reto de cuidar a los fieles que tendrán necesidad de tocar o besar imágenes devocionales. A este respecto cada pastor encargado de un inmueble religioso deberá plantear las estrategias más convenientes en lo peculiar del espacio que se ha encomendado. No se puede generalizar por ello que en cada caso habrá que tomar las medidas más oportunas.

El virus en las superficies materiales

Conviene tener en cuenta que el virus puede permanecer activo hasta cuatro horas en superficies como el cobre, en las superficies de aluminio permanecerá vivo durante aproximadamente ocho horas, hasta 24 horas en el cartón, 48 horas en acero inoxidable y hasta 72 horas en el caso del plástico. En superficies de madera, la ropa o el vidrio, el virus puede sobrevivir entre uno y dos (y hasta cuatro) días de media. Una capacidad de supervivencia que se eleva hasta los cuatro días en el caso del plástico, el acero, los billetes y las mascarillas quirúrgicas.

Con el fin de cuidar la salud de los fieles y de los ministros sin alterar la dignidad de la celebración, será menester poder hacer algunas consideraciónes específicas tanto por lugares, como por utensilios y disposición de ellos en la celebración.

Sacristía

  • Lavado de manos: Obviamente antes de cada celebración es indispensable realizar esta acción, por esta razón que deberán tomarse en cuenta las condiciones generales en la parroquia, en la capilla, en la sacristía para asegurar este punto tan importante.
  • Ornamentos: Muy conveniente será que los ornamentos sagrados, albas, así como todos los lienzos que se emplean en la celebración estén limpios y conservados lejos de agentes contaminantes. Si fuera menester emplear ornamentos para varios concelebrantes habrá que tomar en cuenta el tiempo en el que pudiera subsistir el virus en las telas por lo que se recomienda que se ventilen los ornamentos y mantenerlos sanitizados. En el caso de que esto no sea posible, pueden emplearse sólo las estolas para los concelebrantes.
  • Vasos sagrados: Es muy importante que los vasos sagrados se limpien antes de la celebración con alguna sustancia, que, sin afectar la composición de los materiales, permita que se conserven en condiciones higiénicas. No hay que olvidar que el virus permanece mucho más tiempo activo en el metal que en otras superficies.
  • Distancia: No siempre la sacristía es un lugar amplio para respetar el metro y medio, al menos, entre las personas, por lo que será importante considerar que no puede permanecer todo el personal que atiende el servicio del altar en el mismo espacio. Habrá que pensar que en este tiempo no conviene disponer de tantos ministros que atiendan a la celebración como suele pasar en las misas solemnes o “pontificales”. Por el momento, y mientras se vaya mitigando la propagación del contagio, se sugiere que prescindamos de algunos ministros con la finalidad de no favorecer el encuentro de varias personas al mismo tiempo en la sacristía o en el presbiterio.

Presbiterio

  • Distancia: La distribución de los sitiales en el presbiterio, así como los demás lugares asignados a los diferentes ministerios deberá favorecer la “sana distancia” entre los ministros sagrados y los demás servidores del altar.
  • Beso al altar: Este es un punto delicado por el momento cuando se trate de concelebraciones o de alternancia de celebraciones con otros ministros ordenados. A reserva de lo que indique el obispo en cada diócesis, podría suplirse la veneración (beso al altar), -durante la emergencia sanitaria- con la misma reverencia profunda que prevé el Misal Romano.
  • Micrófonos: Tomando en cuenta los materiales que están involucrados en el manejo, uso y traslado de los micrófonos que están al servicio de la celebración, se debe tener en cuenta que el sacristán y cuanto están en contacto con estos dispositivos y sus accesorios, deberán de limpiarse antes y después de cada celebración para evitar contagios.

Asimismo, será muy importante cubrir la cabeza del micrófono con una esponja (anti pop, o con un lienzo) y cambiarla después de cada celebración debido a que las gotitas de saliva permanecen en los materiales y, en el caso de algún portador del virus, la contaminación sería muy rápida en el espacio celebrativo.

  • Beso al Evangeliario: Se recomienda, mientras dura la emergencia sanitaria, que el ministro que lea el Evangelio bese el libro sin llevarlo a besar al presidente de la celebración
  • Palias: Convendrá considerar, también, que dado que el presidente de la celebración, al estar hablando sobre el altar mientras pronuncia los textos eucológicos, los vasos sagrados sean cubiertos con palias o con lienzos de lino almidonado para evitar que las gotitas de saliva caigan constantemente sobre las formas que habrán de comulgar los ministros y los fieles.

Servicios varios

  • Hojita dominical: Muy conveniente será evitar su distribución en este tiempo de emergencia sanitaria para evitar contagios. Dígase lo mismo para otro tipo de materiales impresos que se suelen entregar a la comunidad.
  • Coro: Así como se ha dicho en otros momentos, la participación del coro deberá observar todas las indicaciones de “sana distancia” empleando cubrebocas y mantener el cuidado en el uso de micrófonos e instrumentos que deberán ser sanitizados oportunamente.

Comunión

  • Distancia: En el momento de la comunión será indispensable conservar la “sana distancia” (1.5 mt. entre cada persona), por esta razón que habrá que dar indicaciones claras a la comunidad que se acerca a comulgar.
  • Levantar la hostia: Se recomienda que el ministro, al dar la comunión, sólo levante la hostia frente al fiel que la comulgará sin decir en voz alta “el Cuerpo de Cristo”. Esto con la finalidad de evitar el esparcimiento de gotitas de saliva de parte del ministro.
  • En la mano: Seguimos atendiendo a la indicación de dar, en la medida de lo posible, la comunión en la mano. Este es un tema muy delicado, pues, sabemos bien que mucha gente no está acostumbrada a comulgar de este modo. El pastor deberá conducir con caridad y celo pastoral a su comunidad para comprender la grandeza del misterio y favorecer los cuidados correspondientes para evitar contagios.
  • Gel antibacterial: Se recomienda ampliamente que antes y después de dar la comunión los ministros usen el gel antibacterial para cuidar a toda la comunidad.

Colecta

  • En virtud de que los materiales con los que está hecho “el dinero” será muy recomendable que la colecta se haga después de la celebración y además se dispongan las alcancías para que los fieles puedan depositar su donativo en ellas al término de la misa.
  • Tomar las previsiones sanitarias para el momento de la colecta, evidentemente porque esta se lleva a cabo en el inter de la celebración, lo que requiere cuidar a los hermanos que lo realizan y el resto de los asistentes que hacen su ofrenda económica. Por tanto, pondérese la forma y el momento más adecuado para su realización.

Normatividad Civil

  • Ténganse en cuenta la disposición de tiempo y de forma que establece la autoridad sanitaria de cada gobierno estatal y municipal.

[1]Pbro. Lic. Marcelino MONROY TOLENTINO (Secretario Ejecutivo de la Dimensión Episcopal del Clero)-Diác. Lic. José de Jesús LEÓN REYES- Diócesis de Ecatepec.

[2] Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año sacerdotal, (16 de junio de 2009).

[3]  Ibid.

[4]Pbro. Dr.  Daniel Portillo Trevizo (Director de CEPROME-UPM), Arquidiócesis de Chihuahua.

[5] Pbro. Eduardo Muñoz Ochoa, Arquidiócesis de Guadalajara.

[6] Pbro. Lic. Marcelino MONROY TOLENTINO (Secretario Ejecutivo de la Dimensión Episcopal del Clero)

  Diác. Lic. José de Jesús LEÓN REYES- Diócesis de Ecatepec.

[7] Juan Pablo II,  Exhort. Apostólica Ecclesia in America, (22 de enero de 1999), 41.

[8] Cfr. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida, (29 de junio 2007), 170.

[9] Cfr.  Concilio Vaticano II, Decreto Apostólicam Actuositatem, (18 de noviembre de 1965), 10.

[10] S. E. Pedro S de J MENA DÍAZ (Obispo Auxiliar de Yucatán-Presidente de la CEVYM)

[11] Cfr.  Proyecto Global de Pastoral 43-63

[12] (Cfr. A un Ejercito Invisible, Carta a los movimientos populares, 12 de abril 2020).

[13]  Concilio Vaticano II, Const. Pastoral Gaudium et Spes, (7 de diciembre de 1965), 1.

[14] Ibid., 2

[15] Benedicto XVI, Carta Encíclica Spe Salvi (30 de noviembre de 2017), 2.

[16] Ibid., 6

[17] Pbro. David Jasso Rámirez, (secretario Técnico del Proyecto Global de Pastoral 2031+2033 de la CEM)- Arquidiócesis de Monterey.

[18] Papa FRANCISCO, Mensaje a la Curia Romana, (Diciembre del 2015)

[19] Proyecto Global de Pastoral, 191.

[20]  Ibid., 23

[21]  Ibid., 20.

[22] Papa FRANCISCO, Mensaje a la Curia Romana, (Diciembre del 2019).

[23] Proyecto Global de Pastoral, 154.

[24]  Ibid., 21.

[25]  Ibid., 137.

[26] Ibid., 19.

[27] Ibid., 18.

[28] Ibid., 16.

[29] Cfr. Opciones y Compromisos Pastorales, Proyecto Global de Pastoral 71-188.

[30] Pbro. Dr. Ricardo Valenzuela Pérez (Doctor en Sagrada Liturgia). Arquidiócesis de México.

clerocem@gmail.com

3 pensamientos sobre “Jornada Nacional de Oración por los Sacerdotes mexicanos”

    1. Muchas gracias Ángel! El subsidio se puede descargar en pdf. Son temas para reflexionar, tanto fieles laicos como sacerdotes, en la importancia del ministerio sacerdotal en estos tiempos, como testigos de esperanza. Bendiciones

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