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“SE HIZO FUERTE EN LA PRUEBA”

“SE HIZO FUERTE EN LA PRUEBA”

El llamado recibido de Dios, necesita contemplar la prueba.

MONS. PEDRO S de J MENA DÍAZ Obispo Auxiliar de Yucatán.

Vísperas del martes 14 de noviembre de 2017, durante CIV Asamblea del Episcopado Mexicano

El salmo 136, nos recuerda la experiencia del pueblo de Israel en el destierro. Presenta cómo eran sujetos de burla de parte de sus captores. Les pedían que utilicen sus cánticos de alabanza   a Dios, como medio de diversión. Tomando en cuenta la situación de cautiverio que vivían, aquello era una gran tentación para abandonar a Dios. Pero el pueblo de Israel en esta ocasión, “se hizo fuerte en la prueba”, y dicen: “si me olvido de ti Jerusalén, que se me paralice la mano derecha, que se me peque la lengua al paladar”. Muy diferente esta reacción a aquella que ya habían tenido en el desierto cuando se dirigían a la Tierra Prometida, ahí las pruebas no las soportaron y querían volver a la esclavitud. Ahora en cambio se crecen en las pruebas que les hacen desear ardientemente poner a “Jerusalén en la cumbre de sus alegrías”.

Hoy nosotros, Iglesia católica, nuevo pueblo de Dios, nos reconocemos como: “pueblo peregrino”, pero pocas veces recordamos que también somos un pueblo en el destierro; una de esas veces es cuando rezamos en la Salve: “A ti clamamos los desterrados hijos de Eva”.

Por lo cual me pregunto: y nosotros como Iglesia ¿Qué efecto tienen las pruebas que Dios pone o permite que pasemos mientras estamos en este mundo?, ¿nos crecemos en la adversidad? O

¿buscamos la seguridad de las cebollas de Egipto?

Nuestro pueblo católico casi no identifica las pruebas que vienen de Dios, solo una minoría las reconoce cuando son tocados en el cuerpo, o en su familia, o en problemas como la falta de trabajo, etc. Tristemente la mayoría se parece más al pueblo del desierto de Sinaí; que al pueblo que se sentaba junto a los canales de Babilonia.

Los estudios que ha hecho IMDOSOC, así como algunos del INEGI, nos reportan un aumento numérico de católicos, pero una disminución en las convicciones, en el sentido de pertenencia, en la formación doctrinal, en el compromiso apostólico. Esto lo constatamos en las parroquias, seminarios, número de bodas religiosas, etc. Así como en católicos en puestos políticos, o doctores en servicios claves, que contradicen con sus acciones, la fe que dicen tener.

Es un pueblo que no está preparado para dar testimonio de fe en medio de “este destierro”. Aparecida lo reporta en el número 12: “Una fe frágil…no resiste los embates de este tiempo”. A los apóstoles Jesús los preparaba: ”en el mundo tendrán tribulación, pero ánimo yo he vencido  al mundo” (Jn 16,33). Y les reconoció: “Ustedes han estado conmigo en las pruebas” (Lc 22,29); aunque después no pasaron la prueba mayor de la Pasión y Muerte, pues huyeron, a excepción del apóstol Joven.

Es con la fuerza del Espíritu Santo que pudieron superar todas las pruebas que pasaron después del mandato misionero y que “Hechos de los Apóstoles” nos reporta.

El tema de las pruebas, no siempre son parte de nuestra predicación. Hablamos de ellas cuando se presentan; pero no preparamos a nuestro pueblo para identificarlas y que sirvan para  fortificar la fe, esperanza y caridad; para acrecentar nuestra identidad, y tantos otros aspectos   de la religión en que las pruebas pueden ayudar.

¿Cómo educar para vivir las pruebas en este destierro? Aparecida, responde con el proceso de  la Evangelización: Encuentro, Conversión, Discipulado, Comunión y Misión (Ap 279).

Quizá en nuestros procesos, hemos obviado, que ya tuvieron su encuentro con Jesús, que lo mantienen, que todos ya están convertidos y son discípulos, porque toman clases de Biblia, o alguna formación de teología para laicos, etc. Pero estos son una minoría. Así que muchas veces vamos directo a pedirles: COMUNIÓN Y MISIÓN, pues ahora todos nuestros planes de pastoral hablan de esto.

Pienso hermanos obispos, que la lectura breve de esta tarde nos recuerda una de las claves que debemos buscar para que nuestro pueblo esté preparado para las pruebas: “Que la palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza, enséñense mutuamente con toda sabiduría”. Para que se tenga este encuentro vital con Cristo, busquemos que su Palabra “habite en el interior de cada uno”, como “habitó en el vientre de María”, es decir que llegue la Palabra de Jesucristo hasta la médula de los huesos (Heb 4,12). Esto provocará conversión, y se tendrá el gran deseo de seguir aprendiendo, es decir se convertirán en verdaderos discípulos, entonces si vendrá la comunión y gozaremos con muchos que quieran apuntarse a la Misión”.

Serán apóstoles modernos que con los golpes no se rajen. Apóstoles que en este cambio de época dirán: “que se me paralice la mano derecha, la lengua al paladar si me olvido de Dios, de María, de la Iglesia, de mi prójimo…”.

A María; que en la prueba suprema de su Hijo en la Cruz se nos entregó como Madre, le pedimos: “Después de este destierro muéstranos a Jesús fruto bendito de tu vientre”. Amén.

Pensamientos……

Pensamientos……

En muchos ámbitos sociales se habla de formación continua sea en lo educativo, laboral, profesional, etc. Entre nosotros sacerdotes se habla de FORMACIÓN PERMANENTE.

Los Responsables de la formación del Clero en nuestras Diócesis asumen la tarea que esto supone. Se diseñan planes que procuran cumplir las expectativas y necesidades de todos los presbíteros. Cabe notar, que sin duda, satisfacer a todos en sus necesidades particulares es una tarea titánica, sobretodo considerando las diferencias de edades, lugar de ministerio: foráneos o urbano, experiencias y estudios realizados.

Se presentan proyectos y programas que van desde los Seminarios para que la formación permanente tenga su continuidad en la vida y ministerio sacerdotales. En los Seminarios la formación se plantea, como es sabido, en cuatro dimensiones: Humana, Espiritual, Académica y Pastoral. Los formadores, en la contemplación de Jesucristo y bajo el conocimiento de las líneas del Magisterio de la Iglesia y las Directrices ofrecidas por el Obispo Ordinario del lugar, llevan a cabo esta tarea en la persona de los seminaristas, cuidando la integralidad y la gradualidad.

La formación no sólo ha de ser PERMANENTE, sino también INTEGRAL.

El formador desde el Seminario tiene la oportunidad de sembrar en lo profundo del seminarista el gusto y la necesidad de esta formación. Así, pone las bases para un presbiterio abierto y ansioso a mantenerse permanentemente formado. Cuando esto queda arraigado en el seminarista y, esto está ya en el sacerdote que forma, entonces la formación permanente ha llegado a ser parte de su vida, como si se estuviera hablando de un estilo de vivir.

Educar en la formación permanente como estilo de vida, hará no estar atenidos a lo que se ofrece en las estructuras diocesanas. Buscaremos creativamente de manera personal o colegial (grupos de amigos sacerdotes, decanatos, vicarías, etc.) lo prudentemente necesario no sólo en lo académico, sino también en las demás dimensiones. El rezo cotidiano de la liturgia de las horas, la vivencia serena y piadosa de la liturgia que celebramos, la dirección espiritual frecuente que solicitamos, el estudio personal o en equipo, la experiencia de la misericordia del perdón del Señor en el Sacramento de Reconciliación, el contacto con nuestros padres, hermanos o amigos; el deporte y el cuidado de nuestra salud, los espacios culturales que prudentemente buscamos ¿no son acaso expresión de una formación integral permanente? ¿No es esto lo que se espera de cada sacerdote y de cada presbiterio?

Cuando la formación permanente e integral es pues ya un estilo de vida, entonces el seminarista, el sacerdote en el Seminario o en una comunidad parroquial busca, adquiere, se nutre responsablemente en toda su integralidad. No puede quedarse en una pobre crítica de aprobación o desaprobación a lo que se le da.

“Consolidar la propia vocación y elección” en alguien que sabe de su formación siempre abierta al Señor, es tarea de todos los días.

Formación permanente: un camino sin fin

Formación permanente: un camino sin fin

Hoy en la Iglesia se habla mucho de formación. Se habla de la formación inicial y de la formación permanente. Y qué bueno que sea de esta manera. Bienvenidos todos los esfuerzos por lograr que la gracia encuentre en la naturaleza un material inmejorable para lograr la cristalización del proyecto de consagración, es decir, la donación total y totalizante de la persona a Cristo1.

Desde los escritos del Magisterio de la Iglesia2 hasta los autores más reconocidos de la vida consagrada, no cesan de repetirnos la importancia de la formación permanente, “como la disponibilidad constante a aprender que se expresa en una serie de actividades ordinarias, y luego también extraordinarias, de vigilancia y discernimiento, de ascesis y de oración, de estudio y apostolado, de verificación personal y comunitaria, etc., que ayudan cotidianamente a madurar la identidad creyente y en la fidelidad creativa a la propia vocación en las diversas circunstancias y fases de la vida. Hasta el último día”3.

Si un alma consagrada toma con seriedad el proyecto de su vida consagrada, no puede abandonarse a la rutina, al adocenamiento, al pasar la vida, sin un constante esfuerzo por configurar su ser con Aquella persona a la cual ha dado su vida. Se habla entonces de un proyecto de vida, no de un modus vivendi4

Es este proyecto de vida al que de una manera invita Juan Pablo II a seguir al pedirnos la programación de nuestra santidad, sin tener miedo a ponernos este “alto grado de la vida cristiana ordinaria”, respetando una pedagogía de la santidad verdadera y propia5. No es por lo tanto patrimonio de unas cuantas almas aspirar a la santidad. Las mujeres que han consagrado su vida a Dios cuentan con medios eficacísimos dentro de su Congregación que les pueden ayudar con una relativa facilidad a alcanzar esta santidad. Si la regla de vida y las Constituciones trazan el estilo de vida de la religiosa, quien la sigue con amor, entera dedicación y con una apertura de corazón, hallará la senda justa para alcanzar la santidad. No se trata por tanto de pensar en cosas extraordinarias a lo ya marcado por el Fundador/a, sino más bien decidirse a vivir con magnanimidad todo lo que el carisma nos dice a través de los diversos medios que propone en las Constituciones, las directrices de los Capítulos Generales, les cartas circulares del Consejo General o provincial y todas aquella comunicaciones que emanan de la autoridad competente.

Vivir una verdadera vocación

Vivir una verdadera vocación

Hablar de Dios en la libertad del hombre, es pisar en las arenas movedizas de nuestra religiosidad popular. Estamos tan acostumbrados a descargar nuestros compromisos y nuestra responsabilidad en Dios, que hablar de vocación es hablar de enfrentamientos. Estamos acostumbrados a dejar en Dios nuestra realización, como si a Dios le gustara desligarnos de nuestro compromiso. Dios no priva a nadie de su tarea existencial, Dios no hace nuestra parte, ni trabaja sin nosotros. Dios no suplanta, sino coopera.

Hoy hablamos de vocación y pensamos en profesiones, actividades, más o menos envolventes o en aficiones y tendencias. Cuando mucho se nos ocurre referirnos a la vida sacerdotal y pocas veces al matrimonio o al estado laical.

Vocación es un llamado, una atracción existencial que está más allá del pragmatismo de la vida, está en el ser mismo del ser humano. Vocación antes que nada, y como raíz y fundamento de todo lo que se pueda ser en la vida es, ser hombre y persona. Sin este cimiento nada es posible. Es fracaso o es frustración existencial. Esta es la causa de muchas, para no decir la mayoría, de las fracturas que sufre el hombre moderno.

Ser Cristiano y Vivir Nuestra Vocación Hoy

Ser Cristiano y Vivir Nuestra Vocación Hoy

Ser Cristiano hoy en el contexto en el que vivimos no deja de ser una gracia y una tarea como lo ha sido desde el principio del Cristianismo. Las circunstancias históricas podrán ir cambiando de acuerdo a las características de cada época: sea de consolidación, persecución, expulsión, aceptación, calma, crítica. Lo que queda claro en la identidad del cristiano, detrás de todos los cambios, es su referencia obligada a Jesucristo.