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ORIENTACIONES PARA EL CUIDADO PSICOLÓGICO EN LA VIDA RELIGIOSA Y SACERDOTAL (DURANTE EL TIEMPO DE CUARENTENA)

En estos últimos días estamos haciendo frente a una situación que, para la mayoría de nosotros, resulta nueva e implica un cambio importante de rutinas, trabajo, horarios, tareas, actividad y enfoque de la misión. Toca adaptarse a una realidad que se nos impone de forma relativamente imprevista y no siempre fácil de gestionar; pero que también puede vivirse, desde el Espíritu y la confianza, como oportunidad de crecimiento y creatividad.

Por eso, el Equipo de Vida Religiosa y Sacerdotal de la Unidad Clínica de Psicología (UNINPSI) de la Universidad Pontificia Comillas quiere ofrecer una guía sencilla con algunas orientaciones para el cuidado psicológico de las comunidades religiosas y la vida sacerdotal. Ojalá en este tiempo podamos seguir cuidando con responsabilidad unos de otros –los de cerca y los de lejos–; y que cada cual pueda sentirse acompañado en sus necesidades médicas, psicológicas y espirituales.

PREÁMBULOS

1. Comprender de la forma más ajustada posible la realidad que estás viviendo y adaptarte a ella resultará de gran utilidad. Es importante que reconozcas la situación –personal, comunitaria, social, eclesial– en la que te encuentras y lo hagas con seriedad y de forma sincera; pero sin generar dinámicas de alarma infundadas.

2. Mantenerte informado es bueno y necesario. Asegura que recibes información oficial, adecuada, suficiente y veraz. Sin embargo, el extremo de un exceso de información –especialmente a través de las redes sociales– puede generar, en algunas personas, malestar psicológico. La sobreinformación es capaz de producir sensaciones de desasosiego, ansiedad, temor, sobrevalorizaciones, ideas irracionales, pensamientos negativos y otras reacciones emocionales que, a la postre, resultan contraproducentes. Evita saturarte y saturar, sobre todo en lo relativo a datos y comentarios no contrastados y de dudosa fiabilidad. Quizá te ayude elegir previamente unos momentos concretos del día (probablemente no más de tres) para informarte lo más veraz y contrastado que puedas, sobre la actualidad de lo que se está viviendo.

3. Sigue las recomendaciones de los organismos oficiales y los planes de actuación desarrollados por ellos: Ministerio de Sanidad, Comunidades Autónomas, Consejerías, Ayuntamientos, etc. Sobre todo, presta atención si vives con alguna persona que presenta síntomas de infección, que haya resultado contagiada o que precise aislamiento.

LA VIDA COMÚN

Probablemente a lo largo de estas semanas vas a pasar más tiempo y compartir más espacio con compañeros de comunidad. Esta situación constituye una oportunidad para vivir desde la fraternidad y la unión de ánimos. Pero también requiere estar atentos para que el nuevo escenario de convivencia sea, al mismo tiempo, lugar de encuentro, sosiego, cercanía y libertad.

1. En primer lugar, recuerda que no todos somos iguales y no respondemos de la misma manera ante una situación de tensión o un momento de dificultad. Trata de comprender las reacciones de los demás y aceptar las tuyas propias sin culpabilizaciones innecesarias. Si hace falta, busca momentos de mayor calma y serenidad para poder hablar –con madurez y de forma honesta– de lo que está ocurriendo.

2. Genera conversaciones alternativas. Son muchos y diversos los temas de los que se puede hablar. Detéctalos y aprovecha el tiempo para hacerlo con menos prisa que de costumbre. Amplía la mirada a otras realidades y personas de nuestro mundo. Es un buen momento, además, para cuidar especialmente la conversación espiritual. También para ofrecer espacios gratuitos de escucha y reflexión. Y para no abandonar el sentido del humor.

3. Colabora en la planificación de la nueva situación de tu comunidad o de la gente con la que vives. Establecer un cierto ritmo ordenado, tanto a nivel de la vida común como de tu propia vida personal, favorece el bienestar psicológico. Es tiempo para la creatividad: piensa posibles actividades de tipo celebrativo, de oración en común y también de ocio compartido (películas, juegos de mesa, recomendaciones de lectura, etc.) que favorezcan un espacio positivo y de cierta distracción. La cocina y otras tareas domésticas también pueden resultarte de gran ayuda.

4. Trata de mantener horarios comunitarios que favorezcan el intercambio y la conversación guardando siempre las recomendaciones sanitarias. Una organización clara y accesible a todos los miembros de la comunidad, que favorezca la participación de jóvenes y mayores, será beneficiosa para todos.

5. Presta especial atención a tus encargos y tareas dentro de la comunidad o la institución a la que perteneces. En este momento la diligencia es una forma concreta de cuidado del otro y resulta clave para el buen funcionamiento del grupo.

6. Respeta los espacios comunes y los tiempos de silencio. No resulta extraño que ahora te notes más sensible a los ruidos, las conversaciones elevadas u otros sonidos que causen disrupción. Además, quizás te percibes más sensible a la hora de utilizar las zonas comunes. Piensa que a otros les puede ocurrir lo mismo.

7. Recibe y transmite los mensajes y la información acerca de la pandemia, la cuarentena y otras circunstancias relativas al COVID-19 con prudencia y de forma constructiva. Evita las murmuraciones, los rumores infundados y los comentarios únicos acerca del tema para no favorecer tensiones innecesarias ni situaciones comunitarias de dificultad. Hablar constantemente sobre este asunto puede hacer que crezca el temor y que te distancies de estados de mayor tranquilidad y sosiego. Ponte un horario en el que recibir noticias –máximo dos horas al día en tres momentos diferentes– y, una vez cumplido el tiempo, pasa a realizar una actividad que te genere bienestar o que constituya una afición para ti.

LA VIDA PERSONAL

1. Aunque de forma distinta, la vida continúa; y es bueno que sea así. Si te ayuda, elabora un horario de planificación personal que genere rutinas y te anime a mantener un cierto nivel de actividad. Podrás reajustarlo más adelante las veces que consideres necesario, en función de cómo te vayas encontrando y cómo se desarrollen los acontecimientos.

2. Aprovecha el tiempo que estás viviendo. Con probabilidad te has visto obligado a reducir tareas, tanto personales como comunitarias y de misión. Puede que esto te haya dejado más tiempo libre que de costumbre. Empléalo para realizar actividades que ayuden a generar pensamientos y emociones positivas: lectura, profundización en algún tema de tu interés, toma de notas personales, reflexión, etc.

3. Haz ejercicio físico en casa. Si no se te ocurre cómo organizarlo, existen diferentes aplicaciones y tutoriales de los que puedes tomar ideas para adaptarlo a tus posibilidades y capacidad. El deporte activa tu cuerpo, reduce los síntomas de tristeza o ansiedad y aumenta la sensación de bienestar. Intenta también recibir luz natural y mantener algún tipo de trabajo manual. Cuida especialmente tu alimentación: la ansiedad va directa al estómago. Otra posibilidad es dedicar algún tiempo al día para realizar ejercicios de relajación, que pueden resultar útiles a la hora de disminuir las consecuencias de la cuarentena. Encontrarás una guía a este respecto en el anexo 2, que se incluye al final de la guía.

4. Respeta el espacio y el tiempo personal. Todos necesitamos, en mayor o menor medida, momentos para la soledad, el silencio y la autonomía personal. Una vez más, no todos funcionamos igual, sino que cada uno tiene sus propios requerimientos y demandas: conócelos y no trates de forzar ni los tuyos ni los de los demás. Para algunas personas, un cierto nivel de aislamiento colabora al equilibrio mental.

5. Es tiempo para la paz. Los conflictos existen. También en nuestras comunidades, presbiterios, conventos, monasterios, instituciones, seminarios o casas de formación. Aunque seguramente nos gustaría que no fuera así, esta es una realidad que no podemos obviar. Con todo, ahora es tiempo para trabajar la comprensión, la amabilidad, la paciencia y el perdón. Es tiempo de cuaresma, no de conflicto. Y nos necesitamos. Es tiempo, por tanto, para salvar la proposición del prójimo y ayunar de rencores, envidias, rencillas, críticas y desafección.

6. Cuida de tus compañeros más frágiles. Especialmente si vives con gente mayor, personas enfermas o que requieren una especial atención. Puede que se sientan vulnerables, temerosos, que minimicen –por no alarmar– y que tengan miedo a expresar su preocupación. No es necesario atosigar pero sí se puede estar pendiente y disponible, con humildad y discreción, para lo que puedan necesitar. Si en algún momento eres tú quien se encuentra así, no tengas reparo en comunicarlo: seguro que tienes a alguien cerca deseando echar una mano y ayudar; además, es un gesto de responsabilidad hacia la gente con la que vives.

LA VIDA DE ORACIÓN Y CELEBRACIÓN

Acostumbrados a un modo de funcionar donde el dinamismo, la rapidez y la urgencia toman el protagonismo, afectando también a nuestras vidas religiosas y sacerdotales, este momento concreto que estamos viviendo puede ayudar a que nos introduzcamos en otra dimensión diferente. Se impone ahora una parada forzada que nos acerca a una mayor interiorización de la vida y de lo que sucede en ella.

1. Este tiempo en el que nos encontramos puede ser de gran ayuda para mirar lo que está pasando con profundos ojos de fe e intentar procesar la realidad que se nos presenta como tiempo propicio.

2. Estamos en Cuaresma y, a este tiempo litúrgico que nos propone la Iglesia, se une otro de cuarentena. Aquí también la oración, el ayuno y la penitencia son posibles y necesarios; y, como en cada época, siguen prestándose a la creatividad.

3. Se nos ofrece una oportunidad para potenciar la lectura espiritual, la reflexión personal y la vida de oración. Vivimos un tiempo propicio para leer, que es una de las mejores maneras de vincular sueños, pensamientos y sentimientos; porque los libros nos ayudan a ir más allá de nosotros mismos y a conectar con lo más hondo de cada uno. Tiempo propicio también para hacer una reflexión orante, personal y profunda de la situación especial que estamos viviendo. Tiempo, cómo no, para orar personal y comunitariamente de un modo quizás aún más creativo. Y, en este sentido, para encomendar con especial atención la vida de quienes están sufriendo de forma más dolorosa la enfermedad; para pedir por sus familias, que quizás no puedan acompañarlos del modo que les gustaría; y para orar por tantos profesionales –del mundo sanitario y de otros ámbitos– que dejan lo mejor de sí mismos en el trabajo por el bien común.

4. Aunque en algunas instituciones no se pueda participar comunitariamente de la eucaristía o de otros sacramentos, es tiempo para orar juntos y saborear de un modo nuevo la Liturgia de las Horas.

5. Es tiempo también para tener espacios donde conversar espiritualmente. A veces esta conversación espiritual comienza sencillamente con una pregunta acerca de cómo estamos viviendo esta nueva realidad. Y tiempo, aunque nos encontremos rodeados de menos gente, para sentirnos sostenidos y acompañados por la oración de toda la Iglesia.

6. Tiempo propicio este que nos toca vivir donde la penitencia y el ayuno tienen que ver de un modo especial con el cuidado del otro que tengo al lado.

7. Existen también plataformas digitales, ofrecidas desde distintos ámbitos e instituciones eclesiales, que pueden ayudar a vivir este momento a través de las redes sociales, siempre que no lleven al aislamiento. Una de ellas es la iniciativa en casa con Dios, elaborada por la Provincia de España de la Compañía de Jesús. Es una propuesta ignaciana para hacer de este tiempo un tiempo de gracia. Ofrece la celebración de la eucaristía en streaming, cada día a las 20:00; una oración guiada por instagram live, tres días a la semana, a las 22:15; una charla interactiva con el equipo de vocesesejota; y, además, oraciones especiales y artículos en las plataformas web rezandovoy y pastoralsj.

LA VIDA HACIA AFUERA

La situación de confinamiento que estás viviendo no impide que puedas seguir participando en tus apostolados y tu misión. Necesariamente tendrás que hacerlo de un modo distinto al acostumbrado. Sin embargo, tu presencia –aunque sea virtual– puede resultar muy importante para gentes que no conviven contigo. Aquí te ofrecemos unas sencillas pautas que tal vez sean de ayuda:

1. Utiliza la tecnología para mantenerte unido a tu gente más querida y más necesitada. Es un buen momento para seguir fortaleciendo conversaciones con compañeros de otras comunidades religiosas, de la propia congregación u otras; sacerdotes; personas de tus obras apostólicas o parroquias; familiares; o cualquier otro colectivo que sientas que necesita una llamada o un sencillo mensaje. Conversar con ellos sobre cómo estáis afrontando esta nueva realidad, cómo vais viviendo interiormente este tiempo tan especial o qué hacéis en el día a día, puede ayudaros –a ellos y a ti–. Evita generar inquietud, miedos, incertidumbres oscuras y alarmismos innecesarios.

2. Realizar, dentro de lo posible, videollamadas en las que te veas con otros es una forma de compensar la ausencia de contacto físico, así como de generar serenidad y calma.

3. Continúa conectado con personas vulnerables. Sobre todo con los más mayores, que son en estos momentos los más frágiles, por su soledad y por su debilidad física.

4. Trata de mantener el contacto con compañeros de misión apostólica, párrocos, vicarios parroquiales, etc. Puedes compartir situaciones propias de tu obra o parroquia y generar una red de colaboración entre diferentes gentes o instituciones cercanas: grupos de apoyo a personas vulnerables, uso compartido de redes sociales para información útil y precisa de la evolución, espacios virtuales de oración, formación, etc.

CONCLUSIÓN

Al mismo tiempo que transitamos por esta situación de cuarentena y confinamiento recorremos, también, el camino cuaresmal. Detrás de estas semanas de reclusión hay mucho más que cuarenta días de resistencia y encierro. Es posible también intuir, en medio de lo que nos pasa, la presencia –continua, misteriosa y desconcertante a la vez– de nuestro Dios, que no cierra sus puertas a nada ni a nadie. Muchas son las imágenes bíblicas que nos vienen a la cabeza y se hacen fuertes en nuestra oración: desierto, combate, sed, anhelo, pasión… Pero, sobre todo, queremos seguir teniendo la mirada puesta en Aquel en quien confiamos: el Señor Jesús, Crucificado y Resucitado por nosotros. Él es agua que calma nuestra sed, luz en medio de la perplejidad, vida que –en lo profundo del sinsentido– pugna por brotar.

Nosotros también necesitamos cuidarnos. Formamos parte de una Iglesia plural en la que cada uno –sacerdotes, miembros de institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica, seminaristas, laicos– tenemos una misión que procede de Dios. Queremos seguir nuestro compromiso de servicio y ayuda; y, al mismo tiempo, necesitamos aprender que no podemos hacerlo sin el cuidado de los demás. La vida contemplativa posee fortalezas hondas e intuiciones muy profundas con las que aquí nos podéis iluminar.

Ciertamente la situación en la que ahora te encuentras dependerá mucho de si lees estas páginas desde un monasterio, un convento, un piso, una parroquia, una residencia, una enfermería, un colegio, una casa de acogida, un hospital, una comunidad de inserción, un seminario o una casa de formación. Somos conscientes también de que las orientaciones que te ofrecemos no son capaces dar respuesta a todas las inquietudes que te pueden surgir en función de lo concreto de tu realidad. Pero ojalá sirvan de guía humilde que te aporte algo de luz. En eso confiamos.

“SE HIZO FUERTE EN LA PRUEBA”

“SE HIZO FUERTE EN LA PRUEBA”

El llamado recibido de Dios, necesita contemplar la prueba.

MONS. PEDRO S de J MENA DÍAZ Obispo Auxiliar de Yucatán.

Vísperas del martes 14 de noviembre de 2017, durante CIV Asamblea del Episcopado Mexicano

El salmo 136, nos recuerda la experiencia del pueblo de Israel en el destierro. Presenta cómo eran sujetos de burla de parte de sus captores. Les pedían que utilicen sus cánticos de alabanza   a Dios, como medio de diversión. Tomando en cuenta la situación de cautiverio que vivían, aquello era una gran tentación para abandonar a Dios. Pero el pueblo de Israel en esta ocasión, “se hizo fuerte en la prueba”, y dicen: “si me olvido de ti Jerusalén, que se me paralice la mano derecha, que se me peque la lengua al paladar”. Muy diferente esta reacción a aquella que ya habían tenido en el desierto cuando se dirigían a la Tierra Prometida, ahí las pruebas no las soportaron y querían volver a la esclavitud. Ahora en cambio se crecen en las pruebas que les hacen desear ardientemente poner a “Jerusalén en la cumbre de sus alegrías”.

Hoy nosotros, Iglesia católica, nuevo pueblo de Dios, nos reconocemos como: “pueblo peregrino”, pero pocas veces recordamos que también somos un pueblo en el destierro; una de esas veces es cuando rezamos en la Salve: “A ti clamamos los desterrados hijos de Eva”.

Por lo cual me pregunto: y nosotros como Iglesia ¿Qué efecto tienen las pruebas que Dios pone o permite que pasemos mientras estamos en este mundo?, ¿nos crecemos en la adversidad? O

¿buscamos la seguridad de las cebollas de Egipto?

Nuestro pueblo católico casi no identifica las pruebas que vienen de Dios, solo una minoría las reconoce cuando son tocados en el cuerpo, o en su familia, o en problemas como la falta de trabajo, etc. Tristemente la mayoría se parece más al pueblo del desierto de Sinaí; que al pueblo que se sentaba junto a los canales de Babilonia.

Los estudios que ha hecho IMDOSOC, así como algunos del INEGI, nos reportan un aumento numérico de católicos, pero una disminución en las convicciones, en el sentido de pertenencia, en la formación doctrinal, en el compromiso apostólico. Esto lo constatamos en las parroquias, seminarios, número de bodas religiosas, etc. Así como en católicos en puestos políticos, o doctores en servicios claves, que contradicen con sus acciones, la fe que dicen tener.

Es un pueblo que no está preparado para dar testimonio de fe en medio de “este destierro”. Aparecida lo reporta en el número 12: “Una fe frágil…no resiste los embates de este tiempo”. A los apóstoles Jesús los preparaba: ”en el mundo tendrán tribulación, pero ánimo yo he vencido  al mundo” (Jn 16,33). Y les reconoció: “Ustedes han estado conmigo en las pruebas” (Lc 22,29); aunque después no pasaron la prueba mayor de la Pasión y Muerte, pues huyeron, a excepción del apóstol Joven.

Es con la fuerza del Espíritu Santo que pudieron superar todas las pruebas que pasaron después del mandato misionero y que “Hechos de los Apóstoles” nos reporta.

El tema de las pruebas, no siempre son parte de nuestra predicación. Hablamos de ellas cuando se presentan; pero no preparamos a nuestro pueblo para identificarlas y que sirvan para  fortificar la fe, esperanza y caridad; para acrecentar nuestra identidad, y tantos otros aspectos   de la religión en que las pruebas pueden ayudar.

¿Cómo educar para vivir las pruebas en este destierro? Aparecida, responde con el proceso de  la Evangelización: Encuentro, Conversión, Discipulado, Comunión y Misión (Ap 279).

Quizá en nuestros procesos, hemos obviado, que ya tuvieron su encuentro con Jesús, que lo mantienen, que todos ya están convertidos y son discípulos, porque toman clases de Biblia, o alguna formación de teología para laicos, etc. Pero estos son una minoría. Así que muchas veces vamos directo a pedirles: COMUNIÓN Y MISIÓN, pues ahora todos nuestros planes de pastoral hablan de esto.

Pienso hermanos obispos, que la lectura breve de esta tarde nos recuerda una de las claves que debemos buscar para que nuestro pueblo esté preparado para las pruebas: “Que la palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza, enséñense mutuamente con toda sabiduría”. Para que se tenga este encuentro vital con Cristo, busquemos que su Palabra “habite en el interior de cada uno”, como “habitó en el vientre de María”, es decir que llegue la Palabra de Jesucristo hasta la médula de los huesos (Heb 4,12). Esto provocará conversión, y se tendrá el gran deseo de seguir aprendiendo, es decir se convertirán en verdaderos discípulos, entonces si vendrá la comunión y gozaremos con muchos que quieran apuntarse a la Misión”.

Serán apóstoles modernos que con los golpes no se rajen. Apóstoles que en este cambio de época dirán: “que se me paralice la mano derecha, la lengua al paladar si me olvido de Dios, de María, de la Iglesia, de mi prójimo…”.

A María; que en la prueba suprema de su Hijo en la Cruz se nos entregó como Madre, le pedimos: “Después de este destierro muéstranos a Jesús fruto bendito de tu vientre”. Amén.

Pensamientos……

Pensamientos……

En muchos ámbitos sociales se habla de formación continua sea en lo educativo, laboral, profesional, etc. Entre nosotros sacerdotes se habla de FORMACIÓN PERMANENTE.

Los Responsables de la formación del Clero en nuestras Diócesis asumen la tarea que esto supone. Se diseñan planes que procuran cumplir las expectativas y necesidades de todos los presbíteros. Cabe notar, que sin duda, satisfacer a todos en sus necesidades particulares es una tarea titánica, sobretodo considerando las diferencias de edades, lugar de ministerio: foráneos o urbano, experiencias y estudios realizados.

Se presentan proyectos y programas que van desde los Seminarios para que la formación permanente tenga su continuidad en la vida y ministerio sacerdotales. En los Seminarios la formación se plantea, como es sabido, en cuatro dimensiones: Humana, Espiritual, Académica y Pastoral. Los formadores, en la contemplación de Jesucristo y bajo el conocimiento de las líneas del Magisterio de la Iglesia y las Directrices ofrecidas por el Obispo Ordinario del lugar, llevan a cabo esta tarea en la persona de los seminaristas, cuidando la integralidad y la gradualidad.

La formación no sólo ha de ser PERMANENTE, sino también INTEGRAL.

El formador desde el Seminario tiene la oportunidad de sembrar en lo profundo del seminarista el gusto y la necesidad de esta formación. Así, pone las bases para un presbiterio abierto y ansioso a mantenerse permanentemente formado. Cuando esto queda arraigado en el seminarista y, esto está ya en el sacerdote que forma, entonces la formación permanente ha llegado a ser parte de su vida, como si se estuviera hablando de un estilo de vivir.

Educar en la formación permanente como estilo de vida, hará no estar atenidos a lo que se ofrece en las estructuras diocesanas. Buscaremos creativamente de manera personal o colegial (grupos de amigos sacerdotes, decanatos, vicarías, etc.) lo prudentemente necesario no sólo en lo académico, sino también en las demás dimensiones. El rezo cotidiano de la liturgia de las horas, la vivencia serena y piadosa de la liturgia que celebramos, la dirección espiritual frecuente que solicitamos, el estudio personal o en equipo, la experiencia de la misericordia del perdón del Señor en el Sacramento de Reconciliación, el contacto con nuestros padres, hermanos o amigos; el deporte y el cuidado de nuestra salud, los espacios culturales que prudentemente buscamos ¿no son acaso expresión de una formación integral permanente? ¿No es esto lo que se espera de cada sacerdote y de cada presbiterio?

Cuando la formación permanente e integral es pues ya un estilo de vida, entonces el seminarista, el sacerdote en el Seminario o en una comunidad parroquial busca, adquiere, se nutre responsablemente en toda su integralidad. No puede quedarse en una pobre crítica de aprobación o desaprobación a lo que se le da.

“Consolidar la propia vocación y elección” en alguien que sabe de su formación siempre abierta al Señor, es tarea de todos los días.

Formación permanente: un camino sin fin

Formación permanente: un camino sin fin

Hoy en la Iglesia se habla mucho de formación. Se habla de la formación inicial y de la formación permanente. Y qué bueno que sea de esta manera. Bienvenidos todos los esfuerzos por lograr que la gracia encuentre en la naturaleza un material inmejorable para lograr la cristalización del proyecto de consagración, es decir, la donación total y totalizante de la persona a Cristo1.

Desde los escritos del Magisterio de la Iglesia2 hasta los autores más reconocidos de la vida consagrada, no cesan de repetirnos la importancia de la formación permanente, “como la disponibilidad constante a aprender que se expresa en una serie de actividades ordinarias, y luego también extraordinarias, de vigilancia y discernimiento, de ascesis y de oración, de estudio y apostolado, de verificación personal y comunitaria, etc., que ayudan cotidianamente a madurar la identidad creyente y en la fidelidad creativa a la propia vocación en las diversas circunstancias y fases de la vida. Hasta el último día”3.

Si un alma consagrada toma con seriedad el proyecto de su vida consagrada, no puede abandonarse a la rutina, al adocenamiento, al pasar la vida, sin un constante esfuerzo por configurar su ser con Aquella persona a la cual ha dado su vida. Se habla entonces de un proyecto de vida, no de un modus vivendi4

Es este proyecto de vida al que de una manera invita Juan Pablo II a seguir al pedirnos la programación de nuestra santidad, sin tener miedo a ponernos este “alto grado de la vida cristiana ordinaria”, respetando una pedagogía de la santidad verdadera y propia5. No es por lo tanto patrimonio de unas cuantas almas aspirar a la santidad. Las mujeres que han consagrado su vida a Dios cuentan con medios eficacísimos dentro de su Congregación que les pueden ayudar con una relativa facilidad a alcanzar esta santidad. Si la regla de vida y las Constituciones trazan el estilo de vida de la religiosa, quien la sigue con amor, entera dedicación y con una apertura de corazón, hallará la senda justa para alcanzar la santidad. No se trata por tanto de pensar en cosas extraordinarias a lo ya marcado por el Fundador/a, sino más bien decidirse a vivir con magnanimidad todo lo que el carisma nos dice a través de los diversos medios que propone en las Constituciones, las directrices de los Capítulos Generales, les cartas circulares del Consejo General o provincial y todas aquella comunicaciones que emanan de la autoridad competente.

Vivir una verdadera vocación

Vivir una verdadera vocación

Hablar de Dios en la libertad del hombre, es pisar en las arenas movedizas de nuestra religiosidad popular. Estamos tan acostumbrados a descargar nuestros compromisos y nuestra responsabilidad en Dios, que hablar de vocación es hablar de enfrentamientos. Estamos acostumbrados a dejar en Dios nuestra realización, como si a Dios le gustara desligarnos de nuestro compromiso. Dios no priva a nadie de su tarea existencial, Dios no hace nuestra parte, ni trabaja sin nosotros. Dios no suplanta, sino coopera.

Hoy hablamos de vocación y pensamos en profesiones, actividades, más o menos envolventes o en aficiones y tendencias. Cuando mucho se nos ocurre referirnos a la vida sacerdotal y pocas veces al matrimonio o al estado laical.

Vocación es un llamado, una atracción existencial que está más allá del pragmatismo de la vida, está en el ser mismo del ser humano. Vocación antes que nada, y como raíz y fundamento de todo lo que se pueda ser en la vida es, ser hombre y persona. Sin este cimiento nada es posible. Es fracaso o es frustración existencial. Esta es la causa de muchas, para no decir la mayoría, de las fracturas que sufre el hombre moderno.

Ser Cristiano y Vivir Nuestra Vocación Hoy

Ser Cristiano y Vivir Nuestra Vocación Hoy

Ser Cristiano hoy en el contexto en el que vivimos no deja de ser una gracia y una tarea como lo ha sido desde el principio del Cristianismo. Las circunstancias históricas podrán ir cambiando de acuerdo a las características de cada época: sea de consolidación, persecución, expulsión, aceptación, calma, crítica. Lo que queda claro en la identidad del cristiano, detrás de todos los cambios, es su referencia obligada a Jesucristo.