Hablar de Dios en la libertad del hombre, es pisar en las arenas movedizas de nuestra religiosidad popular. Estamos tan acostumbrados a descargar nuestros compromisos y nuestra responsabilidad en Dios, que hablar de vocación es hablar de enfrentamientos. Estamos acostumbrados a dejar en Dios nuestra realización, como si a Dios le gustara desligarnos de nuestro compromiso. Dios no priva a nadie de su tarea existencial, Dios no hace nuestra parte, ni trabaja sin nosotros. Dios no suplanta, sino coopera.

Hoy hablamos de vocación y pensamos en profesiones, actividades, más o menos envolventes o en aficiones y tendencias. Cuando mucho se nos ocurre referirnos a la vida sacerdotal y pocas veces al matrimonio o al estado laical.

Vocación es un llamado, una atracción existencial que está más allá del pragmatismo de la vida, está en el ser mismo del ser humano. Vocación antes que nada, y como raíz y fundamento de todo lo que se pueda ser en la vida es, ser hombre y persona. Sin este cimiento nada es posible. Es fracaso o es frustración existencial. Esta es la causa de muchas, para no decir la mayoría, de las fracturas que sufre el hombre moderno.