Hoy en la Iglesia se habla mucho de formación. Se habla de la formación inicial y de la formación permanente. Y qué bueno que sea de esta manera. Bienvenidos todos los esfuerzos por lograr que la gracia encuentre en la naturaleza un material inmejorable para lograr la cristalización del proyecto de consagración, es decir, la donación total y totalizante de la persona a Cristo1.

Desde los escritos del Magisterio de la Iglesia2 hasta los autores más reconocidos de la vida consagrada, no cesan de repetirnos la importancia de la formación permanente, “como la disponibilidad constante a aprender que se expresa en una serie de actividades ordinarias, y luego también extraordinarias, de vigilancia y discernimiento, de ascesis y de oración, de estudio y apostolado, de verificación personal y comunitaria, etc., que ayudan cotidianamente a madurar la identidad creyente y en la fidelidad creativa a la propia vocación en las diversas circunstancias y fases de la vida. Hasta el último día”3.

Si un alma consagrada toma con seriedad el proyecto de su vida consagrada, no puede abandonarse a la rutina, al adocenamiento, al pasar la vida, sin un constante esfuerzo por configurar su ser con Aquella persona a la cual ha dado su vida. Se habla entonces de un proyecto de vida, no de un modus vivendi4

Es este proyecto de vida al que de una manera invita Juan Pablo II a seguir al pedirnos la programación de nuestra santidad, sin tener miedo a ponernos este “alto grado de la vida cristiana ordinaria”, respetando una pedagogía de la santidad verdadera y propia5. No es por lo tanto patrimonio de unas cuantas almas aspirar a la santidad. Las mujeres que han consagrado su vida a Dios cuentan con medios eficacísimos dentro de su Congregación que les pueden ayudar con una relativa facilidad a alcanzar esta santidad. Si la regla de vida y las Constituciones trazan el estilo de vida de la religiosa, quien la sigue con amor, entera dedicación y con una apertura de corazón, hallará la senda justa para alcanzar la santidad. No se trata por tanto de pensar en cosas extraordinarias a lo ya marcado por el Fundador/a, sino más bien decidirse a vivir con magnanimidad todo lo que el carisma nos dice a través de los diversos medios que propone en las Constituciones, las directrices de los Capítulos Generales, les cartas circulares del Consejo General o provincial y todas aquella comunicaciones que emanan de la autoridad competente.